
¿Molestar?

¿Y si dejamos de lado esa idea de lo correcto, controlado e impecable y nos decidimos a mostrar lo que realmente somos?
Olga Leonor Hernández Bustamante ¿Y si dejamos de lado esa idea de lo correcto, controlado e impecable y nos decidimos a mostrar lo que realmente somos? Tal vez así podríamos dejar de sentir que cuando hablamos con el otro de nuestros sentimientos estamos “molestando”. Es que tenemos la idea de que cuando las conversaciones entre conocidos se salen del ámbito de lo trivial o lo cotidiano estamos metiéndonos en profundidades insondables con las cuales no sabemos o no queremos lidiar. Entonces se mantienen conversaciones probables, posibles y libres de riesgo. Las marcas de detergentes, los mejores precios en algún producto, las quejas sobre los madrugones para llegar al colegio, las recetas fit o fat, las pataletas de los hijos, y un largo etcétera. Pero apenas entra uno al mundo de lo emocional, al cansancio que siento por sentir que hago todos los días lo mismo, a la sensación de estar perdida entre colores, uniformes y cartucheras, a la certeza del descuido de lo que soy como persona, al miedo por sentir que pasa el tiempo y que no me he hecho cargo de mi por estar cuidando a los demás, al temor de ser una persona fácilmente reemplazable o descartable. Cuando se entra al mundo de lo emocional se siente que estamos sometiendo al otro a una molestia innecesaria, sustentado en el precepto de que cada uno lidia con sus cosas y no es necesario “cargarlo” con las mías. Parece que nos estuviéramos condenando a una especie de soledad en la que todos somos islas y los únicos puentes que nos permitimos transitar son los que no nos comprometen y dejan veladas nuestras emociones. ¿Y si nos permitiéramos “molestar” y ser “molestados”? ¿Y si pudiéramos sostenernos al permitirnos hablar? ¿Y si lo que necesitamos no es un ejército de psicólogos (no es que no sea necesario) sino la disposición a revelarme y recibir lo que se me revela? Estoy convencida de que no necesitamos grandes respuestas sino el espacio para el desahogo, para poner en palabras eso que es solo una sensación y, al ponerlas afuera, poder integrarlas desde una perspectiva diferente. Solo hablamos cuando nos sentimos perfectos y en control de nosotros mismos, es por eso por lo que tenemos mundos laborales exitosos y vidas emocionales vacías. Que vemos personas brillantes, productivas y exitosas con un mundo emocional devastado y destruido. Es por eso por lo que cuidamos la apariencia del control y la perfección, suponiendo que el mundo de los afectos es caótico y desordenado y por lo tanto indeseable. Pero no es cierto, no hay nada más directo y claro que el mensaje que una emoción o que una sensación del cuerpo nos envía. Las emociones y el cuerpo no se autoimponen filtros de corrección, solo muestran lo que pasa, ya nuestra tarea es traducirlo y recibirlo. Hoy abogo por vínculos donde lo trivial y lo profundo se entretejen, donde nadie tiene la tarea de salvar a nadie, pero estemos presentes allí, para recibir al otro sin fragmentarlo.