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Opinión

Mis dos abuelas

Olga Leonor Hernández Bustamante
Olga Leonor Hernández Bustamante
Columnista
4 de julio de 2026

Cuando me paro frente al fogón a cocinar, me descubro con una mano, la izquierda, descansando en la cadera, mientras con la otra revuelvo la comida, pruebo, le agrego un poco más de esto o aquello. En fin, cuando me paro frente al fogón descubro a Josefina, mi abuela paterna.

Cuando me paro frente al fogón a cocinar, me descubro con una mano, la izquierda, descansando en la cadera, mientras con la otra revuelvo la comida, pruebo, le agrego un poco más de esto o aquello. En fin, cuando me paro frente al fogón descubro a Josefina, mi abuela paterna. Mucho del tiempo de Josefina transcurrió en la cocina, pero que eso no nos confunda, nunca fue sólo una ama de casa, viajaba a San Andrés y Maicao para traer mercancía, tuvo un restaurante, es decir, se encargó de la economía del hogar y de que nunca le faltara nada a nadie. Para mi abuela, el bienestar de los otros era su propia alegría, cocinar, hacer pudines y pudincitos (esos que ahora les dicen cupcakes), celebrar un cumpleaños o la fiesta de fin de año con arroz de coco, cerdo en salsa de ciruelas pasas, ensalada verde, era para ella parte de su felicidad. Podía parecer tímida, pero era solo en apariencia, porque en realidad era jocosa y bromista, esperando con paciencia y observando con el rabo del ojo el tiempo necesario para que alguien cayera en su “trampa” y celebrarlo luego, divertida. Mi abuela Josefina cuidaba tanto a los demás que pensaba poco en ella. Minimizó su enfermedad y la distrajo en los afanes de la vida cotidiana, cuidándose poquito, hasta que el cuerpo le pasó factura. Y aún así, nunca dejó de hacer bromas, aun cuando una retinopatía diabética la dejó sin poder ver y un daño en los nervios y músculos que controlan los labios, la lengua y la garganta la dejó con una alteración motora y dificultad para vocalizar, llenó cuadernos y cuadernos con conversaciones que no seguían los renglones, pero que la mantenían unida a nosotros. Mi abuela Josefina me enseñó a cuidar a los otros, pero también me dejó darme cuenta de que no por eso debo dejar de pensar en mí, que lo que me pasa y lo que siento es importante. En contraste, mi abuela materna, Ligia, no sabía ni hervir un huevo. Se reía con ganas cuando ponía en el fogón agua para hacer un café y encontraba, media hora después la olla quemándose, pues la había olvidado mientras se concentraba en leer la prensa del día o llenar un crucigrama. Ligia fue desplazada por La Violencia bipartidista en Colombia y fue la única de sus hermanas que siguió estudiando, fue Normalista. Mientras sus hermanas eran expertas en la cocina, ella trabajaba hombro a hombro con mi abuelo en su almacén en un pueblo de Antioquia. Mi abuela Ligia tenía la capacidad de hablar con todos, de hacer sentir a todos importante, de dedicar el tiempo que cada uno necesitara. Sus clientes confiaban en ella, con su ayuda y complicidad, las novias salían del almacén vestidas de blanco, peinadas y maquilladas, directo a la iglesia del pueblo para casarse. Para Ligia nada era difícil, pocas cosas le quedaban grandes, se sentía capaz de cargar con el mundo en los hombros si fuera necesario. Era una mujer inteligente, tal vez adelantada a las mujeres de su época, que resolvía con papas fritas de paquete su poca pericia en la cocina y tenia una sección de almacén que era solo de ella para subsidiarse sus gastos y viajes, así mi abuelo no la quisiera acompañar. Y posiblemente esa fuerza incansable, la hizo perder de vista su propia salud, minimizando uno que otro síntoma hasta que el cuerpo sucumbió y una diverticulitis inició la caída del camino de dominó hasta que murió. Yo creo, muy dentro de mí, que cuando Ligia miró al futuro y vio una vida limitada por la enfermedad, se opuso y se decidió por una serie de cirugías complejas que no funcionaron hasta que su cuerpo no resistió más. Mi abuela Ligia me enseño a no vencerme por nada, a luchar y sentirme capaz siempre, pero también me dejó darme cuenta de que no soy invencible y que la exigencia de ser siempre fuerte puede ser una enorme debilidad. Mis dos abuelas siempre están presentes y mucho de lo que hoy soy, es el reflejo de un camino que ellas iniciaron.