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Opinión

Mensaje Cala

Selma Samur de Heenan
Selma Samur de Heenan
Columnista
5 de octubre de 2025

El 5 de octubre de 1938 falleció en Cracovia, Polonia, Sor Faustina Kowalska, la religiosa a quien Jesús le confió la misión de anunciar al mundo su Divina Misericordia. Hoy recordamos su vida, hecha de humildad, sufrimiento y una confianza ilimitada en Dios.

Por Selma Samur de Heenan Faustina “Venid, pues, y disputemos —dice Yahvé—. Aunque vuestros pecados sean como la grana, quedarán blancos como la nieve; aunque sean rojos como la púrpura, vendrán a ser como la lana.” Isaías 1,18 El 5 de octubre de 1938 falleció en Cracovia, Polonia, Sor Faustina Kowalska, la religiosa a quien Jesús le confió la misión de anunciar al mundo su Divina Misericordia. Hoy recordamos su vida, hecha de humildad, sufrimiento y una confianza ilimitada en Dios. Nació en 1905 en una familia campesina pobre, la tercera de diez hijos. Desde pequeña tuvo que trabajar en el campo, y más adelante en casas de familias acomodadas, para ayudar al sustento del hogar. Apenas pudo estudiar tres años de escuela y nunca tuvo una formación académica sólida. Siendo niña sintió el llamado a la santidad, pero cuando manifestó su deseo de ser religiosa, sus padres no la apoyaron y le tocó trabajar como empleada doméstica. En 1924, en medio de una fiesta, tuvo una visión de Cristo, lleno de llagas, que le preguntó: “¿Hasta cuándo me harás esperar?”. Inmediatamente salió del salón y se dirigió a la iglesia más cercana, donde le pidió perdón orando y llorando. Después de buscar infructuosamente en varias comunidades religiosas, ingresó al convento de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia, donde fue destinada a las tareas más sencillas: la cocina, el jardín, la portería. Por recibir visiones y mensajes de Cristo, algunas hermanas la consideraban ilusa o desequilibrada, por lo que debió soportar burlas y maltratos, incluso con la exigencia de exámenes médicos y psiquiátricos para comprobar que sus experiencias sólo eran fruto de su mente. Siempre tuvo una salud frágil, y en los últimos años contrajo la tuberculosis, con dolores físicos que se unieron a una profunda vida mística, en la que experimentaba momentos de consuelo espiritual, pero también noches oscuras, tentaciones y silencios de Dios que la hacían sufrir en lo más hondo. Todas sus cruces las supo ofrecer a Cristo, fue obediente a sus superiores, e incluso, cuando dudaban de ella. Permaneció fiel a la oración, aunque sintiera sequedad, y se mantuvo perseverante en su misión, escribiendo en su Diario los mensajes que Jesús le daba para darlos a conocer al mundo. Con su vida ejemplar, llena de trabajos humildes, enfermedades y pruebas interiores, se convirtió en el terreno donde nuestro Señor plantó el mensaje de la Divina Misericordia. Nada de lo que sufrió fue inútil, porque entregó a Dios cada momento con amor y porque aprendió a repetir, una y otra vez, esa oración que hoy sigue sosteniendo a millones de almas: Jesús, en ti confío. “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y grande en amor.” Salmo 102,8 🌤️La meta es el Cielo. El camino, la Santidad🌤️