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Opinión

“Me reservo el derecho de admisión”

Susana Viera
Susana Viera
Columnista
19 de abril de 2026

Durante mucho tiempo pensé que esa frase era un asunto de membresías en clubes o una formalidad legal para evitar problemas. Pero con los años entendí que no era una declaración de poder. Una síntesis brutal de cómo funciona la sociedad. No todos los espacios son para todos, y que no todas las exclusiones necesitan ser explícitas para ser reales.

Durante mucho tiempo pensé que esa frase era un asunto de membresías en clubes o una formalidad legal para evitar problemas. Pero con los años entendí que no era una declaración de poder. Una síntesis brutal de cómo funciona la sociedad. No todos los espacios son para todos, y que no todas las exclusiones necesitan ser explícitas para ser reales. La exclusión más eficiente no es la que expulsa literalmente. Es la que hace sentir que uno nunca debió entrar. Hay lugares donde nadie te prohíbe entrar, pero las conversaciones, las miradas, los modales, el vestir, te recuerdan que estás fuera de lugar. Es una forma de violencia silenciosa, sofisticada, casi elegante. No te cierran la puerta, estas adentro lo suficiente para que entiendas que no perteneces. El derecho de admisión no es una práctica aislada. Es una lógica social extendida a las relaciones personales. También en el amor hay puertas y no todas están abiertas. Nos enseñaron a incluir, a aceptar, a insistir, a tocar hasta que abran, a esperar hasta que cedan, y a demostrar hasta que nos permitan entrar. Pero es hora de interiorizar lo contrario, también tenemos derecho a cerrar. Así como en el amor. En las relaciones afectivas, como en los espacios sociales, la exclusión rara vez está escrita en letra de molde. No hay un letrero que dicte “no quiero que estés”. A veces hay silencios, distancias, presencias incompletas. A veces te dejan entrar, pero no te dan un lugar. Y entonces aparece esa forma más sutil de exclusión, la que no expulsa, pero tampoco responde tus mensajes, no hace invitaciones, no muestra afecto y ahí es donde el amor se parece peligrosamente a ese letrero invisible que nunca vimos, pero siempre entendiendo que no pertenecemos. Jean-Paul Sartre decía, “el infierno son los otros”. Es cuando el infierno puede ser la forma en que insistimos en quedarnos donde no somos libres de quedarnos. Reservarse el derecho de admisión en la vida propia no es un acto de arrogancia. Es un acto de conciencia. Es reconocer que la pertenencia no se negocia al costo personal. Tal vez, el aprendizaje más difícil no es aceptar que algunos espacios no son para nosotros, sino entender que nosotros tampoco estamos obligados a abrirnos a todos. Que poner límites no es cerrar el corazón, sino evitar que lo ocupen sin calificar, sin cumplir los requisitos mínimos para merecer estar allí. En un mundo que nos empuja a demostrar que somos dignos de ser elegidos, es hora de invertir la pregunta. ¿A quién estoy dejando entrar en mi vida? Tal vez, otra forma de libertad empieza en reservarse el derecho de admisión a los lugares sagrados como el corazón, la casa, la mesa y los hijos.