
Me perturba tu brillo

Un relato sobre sapos y luciérnagas ilustra la envidia que empaña la felicidad ajena. Reflexiona sobre cómo el brillo personal puede incomodar a quienes ya no creen en sí mismos.
Por Tatiana Valeta Lambraño Cuenta la leyenda que estaban dos sapos en un estanque en una hermosa noche contemplando el brillo de las luciérnagas, cuando de repente uno de los sapos empezó a comérselas, el otro un poco asombrado y sin entender lo que hace, le dice ¡que haces, los sapos no comemos luciérnagas! El otro con una mirada fría y sin mayor expresión comentó: yo sé que los sapos no comemos luciérnagas, ¿entonces por qué lo haces? replicó, me las como porque ya no soporto su brillo. ¿Cuántas veces te has sentido como esas luciérnagas a punto de ser devorados por algunos sapos? seguramente la respuesta es “muchísimas veces”, pues la felicidad del éxito alcanzado, el brillo que produce tu paz, la fe que tienes en Dios y en lo que haces, confronta a quienes ya perdieron esa confianza y dejaron de hacer lo máximo que podían por sí mismos y para los demás. Jesús cautivaba a la gente, todos querían seguirle, cuando estaban cerca de él sentían que todo era posible, Jesús los hacía sentir especiales, amados y valorados, Jesús no estaba enfocado en hacerse famoso por sus enseñanzas y milagros, no era su interés que le rindieran admiración y pleitesía, él vivía sólo para mostrar el amor que Dios padre tiene por cada persona en esta tierra. Amar a todos es un gran desafió y él lo hizo posible, ¿cómo se logra esto?, viviendo no tan enfocado en ti sino en cómo ser de apoyo, ayuda e inspiración para los tuyos y para los demás. Tal como sucede en estos tiempos, el brillo que causaba el amor que Jesús tenía por los suyos perturbaba a quienes lideraban en la época, ese brillo cargado de amor, empatía, generosidad y servicio para con los más necesitados era insoportable para ellos, estaban al descubierto, sin argumentos ni posiciones a qué aferrarse y por más que se esforzaban en apariencias, ya en ellos se habían entronado el amor por la fama, el poder y las riquezas, oscureciendo así sus corazones. Cuando tu corazón está cargado del amor, la confianza y la abundancia de Dios, jamás tendrás temor o envidia del brillo que otro desprende al hacer uso de sus habilidades, virtudes y talentos, pues comprendes que tu mayor competencia no está afuera, por eso aviva tu luz, enciende el fuego del amor y la generosidad que está dentro de ti.