
Más allá del arbolito.

En un diciembre normal, la música y la fiesta se encargan de anestesiar la memoria colectiva, y entonces olvidamos la desigualdad, el desempleo, el hambre, la violencia y la fragmentación institucional.
Por Susana Viera En un diciembre normal, la música y la fiesta se encargan de anestesiar la memoria colectiva, y entonces olvidamos la desigualdad, el desempleo, el hambre, la violencia y la fragmentación institucional. La pandemia desapareció afortunadamente, pero con ellas sus lecciones. Esa navidad en la que los colombianos no pudimos ocultar que el Estado llega tarde, mal o nunca. En este país la alegría es un sustituto precario de la política pública con politiqueros llenando de balones de quinientos pesos las calles de barrios sin servicios públicos. Las calles silenciosas fueron un mensaje contundente. La ausencia de celebración hizo visible lo que la música suele tapar: la pobreza creciente, las brechas regionales, los sistemas de salud debilitados, la informalidad que sostiene la economía, la falta de políticas sociales específicas para situaciones de emergencia. El país, literalmente, no pudo hacer ruido porque no tenía nada que celebrar. No porque faltara espíritu navideño, sino por el brillo infame de las brechas sociales. Mientras las familias improvisaban novenas por videollamada, el Gobierno improvisaba respuestas. Las ayudas llegaron fragmentadas, tardías o politizadas; los empresarios pequeños cerraban en silencio. Las mujeres asumían jornadas de cuidado dobles, trabajo, esposo e hijos en el mismo lugar. Cada hogar se convirtió en un microcosmos de la desigualdad estructural que la pandemia no creó, pero sí exhibió sin filtros. En medio del encierro, descubrimos que la Navidad no la sostiene el ruido, sino los vínculos. Aquellas semanas dejaron claro que nuestra cultura decembrina está profundamente ligada al gasto, incluso al gasto, muchas veces irresponsable. Diciembre, que siempre ha sido el mes de los excesos, se convirtió en un mes de carencias. Las preguntas siguen sin respuesta ¿Realmente necesitamos distracciones para ignorar que la desigualdad no desaparece con luces, la pobreza no se soluciona con bonos navideños, la salud pública no mejora por milagros y la cohesión social requiere un Estado fuerte, no festividades? ¿Qué tan sostenibles son nuestras tradiciones?,¿Cuánto de nuestra felicidad navideña depende de comprar y cuánto de compartir? La política y la sociedad aún no se atreven a asumir que la única forma de que diciembre brille con luz propia, es construir un país que no dependa de esconder su realidad para sobrevivirla. Tal vez, la pandemia no nos cambió lo suficiente, porque apenas pasó el encierro volvimos al ruido, pero sí nos dejó, aunque sea por un diciembre, frente a un espejo que pocas veces queremos mirar. Quizás, la gran lección que nos dejó y que debemos recordar, es que lo verdaderamente esencial no es la fiesta, sino las personas que nos acompañan en lo poco. Esa Navidad no se sintió como Navidad… pero por primera vez, nos mostró que hay cosas más allá del arbolito.