
Marianne Corina

En Venezuela, María Corina Machado emerge como símbolo de libertad, liderando al pueblo contra un régimen cuestionado. La imagen evoca "La libertad guiando al pueblo", mientras Maduro consolida un poder dudoso.
Por Carlos Martínez Simahan El avance de la mujer en las democracias de América Latina ha sido lento y difícil. Nuestro machismo proverbial ha constituido un escollo cultural que solo mujeres como Michelle Bachelet y Cristine Kirchner han logrado superar. Por otra parte, se reconoce por los estudiosos que los héroes necesitan de momentos y circunstancias especiales para sobresalir. “Napoleón necesitó el terror, Cesar la guerra de las Galias y Churchill a los Nazis para alcanzar la cota de grandeza que cada uno de ellos consiguió” (Hitler y Churchill, Taurus, 2003) La foto de María Corina Machado, con la bandera de su patria venezolana cubriéndole el pecho, rodeada de su pueblo, con el corazón palpitante de emoción, con la mirada en el futuro de su patria, parece que reprodujera el célebre cuadro de Eugene Delacroix que se exhibe en el Louvre: La libertad guiando al pueblo. Como Marianne, símbolo de la revolución francesa, María Corina, la heroína contemporánea de la democracia, dirige al bravo pueblo hacia la libertad. Y hay una coincidencia tan fascinante como estremecedora, debe ser un mensaje de los dioses tutelares de los pueblos libres. Marianne lo escribe con las manos del pintor: La libertad guiando al pueblo o el 28 de julio – Delacroix aludía a la revuelta de 1830 en París- sí, un 28 de Julio el pueblo de Bolívar logró otra vez la libertad, Maria nne Corina toma en sus manos la espada del libertador, el símbolo de la libertad de nuestro tiempo. Con temple, con coraje, con inteligencia, con fácil y espontánea comunicación con las masas que la siguen y protegen, con el lenguaje directo de los líderes, ha construido, María Corina, una muralla invencible de ciudadanos que le gritan a un Maduro Leninista y cruel: ¡Fraude, fraude, fraude!; ¡Libertad, libertad, libertad! Contra escena: A las 12 en punto de la noche, desde una oficina gris y triste, el presidente-rector del Consejo Nacional Electoral de Venezuela lee de un papel arrugado las cifras inverosímiles del robo del poder. Nicolás Maduro es reelegido Presidente de Venezuela para el periodo 2024-2030, concluye el calanchín asustado y sudoroso. Estaba solitario, ninguna persona lo acompañó a lanzar la grosera mentira. Es el reflejo de la soledad del Socialismo del siglo XXI. ¿Está en peligro María Corina, quien debió recurrir a la clandestinidad, de ser condenada y encarcelada? ¿Se teme por su vida? ¿Está el presidente electo, Edmundo González, en peligro de ser condenado y encarcelado? ¿Está en peligro el pueblo venezolano, vencedor de las elecciones, de ser atropellado por las fuerzas ominosas del general Vladimir Padrino y por los homicidas Colectivos Bolivarianos de Diosdado Cabello? Los anteriores interrogantes los quisiera responder con un “NO” del corazón, pero me estrello ante la realidad de un régimen narcotraficante, criminal, comunista y mafioso. Estos son los momentos históricos en los cuales el Secretariado de las Naciones Unidas, debiera de tener la facultad de enviar fuerzas disuasivas para defender la victoria democrática de todo un pueblo. ¿Por qué no se utilizan los Cascos Azules para evitar la tragedia que empieza a vivir la patria de Bolívar? Se me responderá con teorías de los internacionalistas que conozco bien. Pero, una Organización de las Naciones Unidas señalada de intranscendente frente a los conflictos que hoy proliferan en el mundo, debiera sacudirse de ese marasmo e imponer la democracia y la paz en una República que vuelve a asomarse a las orillas hermosas de la libertad.