
Los votos de la lealtad y el honor: una reflexión urgente para veteranos y reservas

Porque un reservista o veterano de Colombia no solo es un número, no solo significa un voto, es un testimonio de una vida de lucha por la seguridad y la paz en un país donde durante este gobierno al soldado y al policía antes de honrarlo se le ataca, se desprecia y se asesina.
Por Silverio José Herrera Caraballo Porque un reservista o veterano de Colombia no solo es un número, no solo significa un voto, es un testimonio de una vida de lucha por la seguridad y la paz en un país donde durante este gobierno al soldado y al policía antes de honrarlo se le ataca, se desprecia y se asesina. Durante décadas, los veteranos y los miembros de la reserva de la Fuerza Pública han sido tratados por la clase política como un caudal electoral silencioso, útil únicamente durante las campañas, pero ignorado cuando llega el momento de gobernar. Este patrón, repetido una y otra vez, debería invitar a una reflexión profunda de cara a las elecciones de 2026. La pregunta que surge es inevitable: ¿seguirán votando por quienes solo los buscan para la foto, o respaldarán a quienes realmente entiendan lo que supone servir al país desde la trinchera? No se trata de una reflexión partidista, sino de observar con serenidad lo ocurrido durante años. Aún no se comprende del todo la magnitud del sacrificio que miles de hombres y mujeres hicieron por la seguridad nacional. Por eso resulta doloroso ver cómo este sector continúa siendo instrumentalizado, fragmentado y sin una representación fuerte que defienda sus intereses más allá de los gestos simbólicos. En el discurso oficial, los veteranos son llamados héroes; se les entregan diplomas, se les invita a ceremonias y se alaba su labor. Pero cuando se trata de convertir esas palabras en hechos (acceso digno a la salud, protección de las pensiones, oportunidades laborales, reparación integral o apoyo real en la transición a la vida civil) la voluntad política se desvanece. Parece como si algunos creyeran que la gratitud pudiera saldarse con aplausos. Sin embargo, de aplausos no vive nadie; con discursos no se cura un trauma, ni con promesas se sostiene un hogar. La política tradicional ha fallado al sector: lo ha usado como símbolo, pero no lo ha tratado como prioridad. Con las elecciones de 2026 acercándose, reaparecen los mismos candidatos de siempre, ofreciendo abrazos frente a las cámaras, prometiendo leyes que nunca llegan y hablando del uniforme con una retórica que se repite cada cuatro años. En este contexto, los veteranos y las reservas deberían preguntarse quién ha defendido realmente sus derechos, quién ha sido coherente entre lo que dice y lo que hace, quién ha guardado silencio ante reformas que ponen en riesgo su estabilidad y quién solo se acerca en campaña para repartir detalles y consignas. El voto de este grupo poblacional no puede seguir siendo moneda de cambio ni fragmentarse por rivalidades internas o intereses particulares. La unidad no necesita uniformidad ideológica, sino la defensa de principios esenciales como la dignidad, el reconocimiento y la justicia. A diferencia de otros colectivos, quienes han servido a la Nación comprenden en carne propia el costo de la inseguridad, la incertidumbre y el abandono estatal; por eso su voto no debería ser emocional ni impulsivo, sino reflexivo y exigente. Es necesario valorar la coherencia y castigar la manipulación, exigir propuestas claras en lugar de discursos ambiguos y solicitar compromisos verificables en lugar de promesas vacías. Parte del problema radica en que muchos veteranos han apoyado a candidatos que no solo incumplen, sino que después impulsan iniciativas que perjudican directamente sus derechos. Ha llegado el momento de dejar atrás la costumbre de votar por simpatías personales, favores del pasado o inercias del “siempre ha sido así”. También es fundamental recuperar la conciencia colectiva. La idea de pasar “de los cuarteles a la política” sigue siendo relevante, pero exige madurez. El problema no es que haya reservistas que participen en política, sino que algunos terminan repitiendo las prácticas que antes criticaban. Por eso se necesita exigir integridad, preparación, transparencia y compromiso auténtico. No se puede respaldar a improvisados ni a quienes ven en el uniforme un trampolín hacia cargos públicos. Esta reflexión no busca orientar el voto hacia un candidato concreto, sino invitar a una pausa consciente antes de que la maquinaria electoral despliegue sus estrategias habituales. El respeto hacia este grupo (muy mencionado, pero poco atendido) solo será real cuando su voto deje de ser automático y se convierta en un mecanismo de exigencia y dignidad. El país necesita líderes que comprendan el significado profundo del servicio; que recuerden que cada nombre en los muros de los caídos representa un hogar fracturado; que sepan que la memoria no se negocia y que una Nación que abandona a quienes la defendieron se traiciona a sí misma. Los veteranos y las reservas tienen en sus manos algo más grande que un simple voto: la posibilidad de enviar un mensaje claro de que no están dispuestos a seguir siendo figuras decorativas en tiempos electorales. Es el momento de exigir un trato respetuoso, de apoyar a quienes entiendan que detrás del uniforme hay personas, familias, heridas y esperanzas. La verdadera transformación comienza en la conciencia individual. Es allí donde se decide si 2026 repetirá la historia conocida o abrirá un camino más digno para quienes han sostenido al país con su servicio y sacrificio.