
Los verdaderos estadistas

Un estadista valora las instituciones y la separación de poderes. El respeto a las decisiones de otros poderes es esencial para un gobierno democrático. Presidentes deben dar ejemplo, evitando cuestionar la legalidad.
Por Ismael Guerra de la Ossa Un estadista, que es lo que requieren los países para que se cumplan los fines más preciados del Estado, se caracteriza siempre por un respeto profundo por las instituciones, pues las consideran la condición sine qua non para que el orden prime sobre cualquier otro propósito que impida el decurso normal de un gobierno forjado cabalmente en los principios civilistas y democráticos. Y entre esos principios están la separación de poderes, cada cual con sus propias funciones independientes y basadas en una clara autonomía para proceder acorde con la normatividad que las regula. Es lo que se conoce con el nombre de sistema de pesos y contrapesos, que no permite los desbordamientos institucionales, preludios del desorden y el caos. Por todo ello, quienes más obligados están a respetar las decisiones de los otros poderes públicos (Legislativo y Judicial) son los presidentes de las Repúblicas pues, como jefes del Estado, les corresponde, más que a nadie, dar ejemplo de respeto y acatamiento democrático, a las determinaciones que en Constitución y Justicia tomen los otros órganos del poder público. Desde luego, habrá ocasiones en que los mandatarios no están de acuerdo con las decisiones que las otras ramas expidan y, claro, así lo pueden expresar, pero lo que no les es dable es cuestionar sin fundamento su legalidad y mucho menos desconocerlas y desacatarlas. Eso no es propio de gobernantes probos, rectos y respetuosos de las constituciones y leyes que rigen en sus países y más bien es el proceder por los cuales se distinguen los dictadores y “pisoteadores” de los más caros postulados democráticos. Muy lejos están esa clase de mandatarios de llamarse presidentes o, peor aún, estadistas. Es una desgracia para aquellas naciones que en mala hora les ha tocado tener al frente de sus destinos, unos especímenes de tal naturaleza y reprochable condición. Tendrán los ciudadanos que los eligieron que arrepentirse de corazón y expresar su mea culpa pública por el mal que le infligieron a sus coterráneos con sus nefastas decisiones electorales. Pero, bueno, tienen la posibilidad de rectificar, si es que los dictadores disfrazados de presidentes, permiten que las reglas de la democracia se cumplan, como debe ser. En Colombia esa oportunidad se daría, si no ocurre otra cosa, en mayo y junio del año entrante. ¡Dios quiera que así sea!