Cargando indicadores...
Sucre Logo
Imagen del artículo
Opinión

Los Políticos ofrecen lo mismo y cumplen lo mismo: nada

Silverio José Herrera Caraballo.
Silverio José Herrera Caraballo.
Columnista
2 de diciembre de 2025

El político promete por costumbre, pero es el elector (con su memoria corta y su voto dócil) quien permite que el engaño se repita. La verdadera crisis no está en los candidatos, sino en quienes siguen creyéndoles.

Por Silverio José Herrera Caraballo El político promete por costumbre, pero es el elector (con su memoria corta y su voto dócil) quien permite que el engaño se repita. La verdadera crisis no está en los candidatos, sino en quienes siguen creyéndoles. En cada periodo electoral, Colombia revive el mismo ritual: plazas llenas, voces exaltadas, discursos reciclados y un catálogo de promesas que suenan nuevas, pero huelen a viejo. La política, ese oficio que debería estar ligado al arte de servir, se ha convertido con el paso de las décadas en un escenario repetitivo, donde los protagonistas (los políticos) parecen loros amaestrados repitiendo compromisos que jamás cumplirán. Año tras año, elección tras elección, la escena se repite como una obra teatral desgastada, pero que aún encuentra público porque el país, necesitado y esperanzado, desea creer que esta vez será distinto. Pero no lo es. Nunca lo es. Cuando se entra en campaña, los candidatos recorren los territorios como amantes recién enamorados: atados a la sensibilidad de la gente, empapados en discursos de empatía, y prometiendo el paraíso en la tierra. Lo primero que hacen es un check list de las necesidades que gritan desde cada barrio, vereda o corregimiento: seguridad, empleo, salud, vías, oportunidades, presencia del Estado, educación, agua potable, vivienda digna. Se presentan como los dolientes absolutos, dispuestos a arriesgarlo todo para transformar la vida de la comunidad. Pero en ese acto teatral lo único real es la intención de ganar votos, porque el compromiso profundo no existe; solo hay cálculo electoral. Lo más curioso (y trágico) es que no importa si vienen de la derecha, el centro o la izquierda. La ideología es apenas una camiseta, un color de campaña. La esencia, en la práctica, es la misma. En Colombia, el político clásico ya no se diferencia por sus principios, sino por su habilidad para capitalizar el dolor de la gente. La guerra, el hambre, la pobreza, la desigualdad o la falta de oportunidades se convierten en herramientas estratégicas, en insumos para discursos conmovedores y promesas rimbombantes que jamás escapan del papel. El político promedio no gobierna; administra intereses. El político no planea; improvisa sobre la marcha. Y el político no sirve; se sirve del poder. Lo que debería ser un ejercicio ético termina convertido en una maquinaria sofisticada de clientelismo, favores, contratos, puestos y cuotas. Incluso quienes llegan con bandera renovadora, una vez instalados en la silla, terminan contaminados por la misma lógica. Porque el sistema (o mejor dicho, el negocio) está diseñado así: no para transformar, sino para sostenerse a sí mismo. Y es aquí donde radica la gran tragedia nacional: la política dejó de ser un servicio y se convirtió en la vía más eficiente para enriquecerse a costa del pueblo. Basta ver cómo aquellos candidatos que recorren humildemente los barrios en sandalias, con la camisa remangada para parecer más “del pueblo”, terminan meses después manejando camionetas blindadas, rodeados de escoltas, instalados en oficinas lujosas y desconectados de todo aquello que juraron defender. Aquellos que prometían austeridad y sacrificio acaban convertidos en figuras distantes, arrogantes y blindadas ante la crítica ciudadana. Si existiera una verdadera cultura de resultados, la historia sería distinta. En Colombia (y en muchos países) se elige, pero no se evalúa. Se confía, pero no se revisa. El político incumple sistemáticamente, y a pesar de ello vuelve a lanzarse, vuelve a prometer y, lo más indignante, vuelve a ganar. La impunidad electoral es la puerta abierta a la mediocridad. Por eso se hace urgente un modelo que permita evaluar con rigor a los gobernantes en ejercicio y aplicar lo que, en cualquier otro campo profesional, sería normal: la muerte súbita por incumplimiento. Si un médico actúa con negligencia, pierde su licencia. Si un piloto comete un error grave, es retirado de inmediato. Si un ingeniero diseña mal una obra, su carrera se acaba. Pero si un político destruye una ciudad, endeuda un departamento, engaña a una población o incumple el 90% de su plan de gobierno, no pasa nada. Absolutamente nada. Muy por el contrario, es probable que lo veamos meses después aspirando a un cargo superior. Y ganando. Imaginemos por un momento un país en el que, al final de cada año, los mandatarios deban demostrar con indicadores verificables qué hicieron, qué cumplieron, qué avanzaron y qué lograron. Un país donde se les exija rendición de cuentas real, no esa jornada maquillada que hoy conocemos. Un país donde un porcentaje significativo de incumplimiento dé lugar a la destitución automática e inhabilidad inmediata. En un escenario así, la política dejaría de ser un refugio para oportunistas y pasaría a ser un escenario reservado para quienes realmente quieren servir. Pero este ideal aún está lejos porque el sistema se protege a sí mismo. Los mismos que deberían impulsar las reformas para limpiar la política son los que se benefician de su podredumbre. Y mientras tanto, la ciudadanía continúa atrapada en el ciclo eterno del engaño: creer, votar, decepcionarse, olvidar… y volver a empezar. Por eso es necesario un cambio cultural profundo. La responsabilidad no recae solo en los políticos, sino también en los votantes. El pueblo colombiano debe dejar de premiar discursos vacíos, promesas repetidas y actuaciones sobreactuadas. Debe exigir pruebas, resultados, coherencia. Y, sobre todo, debe recordar que un político no es un salvador, sino un servidor público. Su deber no es “ayudar” como si fuera un favor personal; su deber es cumplir. Al final, la pregunta que queda resonando es simple pero esencial: ¿hasta cuándo aceptaremos que los políticos prometan lo mismo y cumplan lo mismo: nada? La respuesta, aunque dolorosa, está en nuestras manos. Y el día que como sociedad decidamos romper ese ciclo, la política quizá deje de ser el arte de enriquecerse y vuelva a ser, como debería, el arte de servir.