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Opinión

Los partidos no delinquen

Ismael Guerra de la Ossa
Ismael Guerra de la Ossa
Columnista
20 de julio de 2026

En otras ocasiones nos hemos referido a este tema, pero hoy lo volvemos a tocar, pues no creemos en la fortaleza de una democracia sin partidos políticos sólidos y vigorosos. Nunca nos hemos imaginado un sistema democrático robusto que no tenga como basamento a unas colectividades políticas recias y resistentes ante los embates dictatoriales.

En otras ocasiones nos hemos referido a este tema, pero hoy lo volvemos a tocar, pues no creemos en la fortaleza de una democracia sin partidos políticos sólidos y vigorosos. Nunca nos hemos imaginado un sistema democrático robusto que no tenga como basamento a unas colectividades políticas recias y resistentes ante los embates dictatoriales. No concebimos una democracia poderosa que tenga como pilar fundamental a masas informes y amorfas sin rumbo y sin norte o, mejor, a amontonamientos poblacionales sin convicciones y sin principios tutelares que encaucen su accionar hacia metas concretas y definidas en el acontecer sociológico. Por el contrario, siempre hemos creído, y así lo hemos expuesto en esta columna periodística, que las democracias aquí y en Cafarnaum, exigen para su existencia y prevalencia plena, unas colectividades partidistas que dirijan y enrumben a sus integrantes por el sendero de la libertad, del bienestar social, de la dignidad y del respeto por los derechos que se deriven de su condición humana. Y eso solo será posible, creemos, cuando hay organización y cuando las agrupaciones políticas a las cuales se pertenece se caracterizan por su vigor y que hacen de las democracias sistemas políticos fuertes y no débiles y enclenques. Démosles entonces a los partidos políticos la importancia que se merecen en la arquitectura de la Nación, pues estigmatizarlos, golpearlos y vapulearlos inclementemente como si fueran la escoria de las democracias, no conduce sino a debilitar este sistema de gobierno que bien o mal, por lo menos aquí en nuestro país, ha servido para darnos tantos años de vida republicana a pesar, claro, de sus imperfecciones. Naturalmente, nuestros partidos políticos tienen que remozarse, depurarse, ponerse a tono con las realidades contemporáneas y eso debería ser el propósito prevalente de quienes dirigen nuestras colectividades políticas con el objeto de retomar el rumbo y proyectarse con ganas de futuro, dejando atrás los lastres que han ensombrecido su trayectoria vital en el seno de la sociedad colombiana y que han hecho que tantos adjetivos descalificadores hayan caído y estén cayendo sobre nuestros partidos, a veces de manera inmisericorde como si las colectividades políticas no fueran instituciones que, como tales, no delinquen porque quienes incurren en conductas delictivas no son los partidos en sí, sino algunos de sus miembros que, obviamente, no merecen serlo.