
Los miedos del miedo

Existe un sentimiento siempre listo a manifestarse en nosotros y lo conocemos como miedo. Emerge ante el peligro como mecanismo de defensa ante amenazas, rechazo, posibilidad de fallar, de hacer el ridículo.
Por Olga Lucia Bustamante Madrid Existe un sentimiento siempre listo a manifestarse en nosotros y lo conocemos como miedo. Emerge ante el peligro como mecanismo de defensa ante amenazas, rechazo, posibilidad de fallar, de hacer el ridículo. Se comporta como un enemigo que nos obliga a retroceder. Para contrarrestarlo inconscientemente nos situamos en lo que la Psicología llama: Zona de Confort. Allí nos sentimos resguardados, pero es un lugar imaginario engañoso. Las religiones, los gobiernos, los formadores no preparados y padres desesperados, entre otros, han utilizado esta herramienta para hacerse obedecer. Es un arma de doble filo que ha utilizado la humanidad durante toda su existencia. No nos retiramos a tiempo, por miedo. Damos explicaciones innecesarias tratando de justificarnos, por miedo. Nos apabullan y confunden nuestros propios pensamientos. Preferimos ser aplastados y humillados, por miedo. Cuando se sobrepasa los límites del respeto, bajamos la cabeza. Es una fuerza de reducción, un interruptor de la comunicación. Es una trinchera contra la oposición y el desafío. Es el antagónico al amor. Solo cuando el amor por uno mismo tiene mucha fuerza interior, se tiene la claridad para exigirnos y exigir a otros, parar, detenerse. No debería importarnos la ofensa de la indiferencia, si poseemos la verdad. La sociedad está repleta de seres aporreados que no creen en sí mismos porque desde niños fueron tatuados en sus conciencias: no puedes, no eres suficiente, cállate. El miedo no es malo, nos ayuda a protegernos de experiencias pasadas que nos doblegaron. Entonces es indispensable entender el actuar del miedo, como mecanismo de supervivencia que nos permite estar a salvo. Lo percibimos como una emoción incomoda, aunque solo es un recordatorio de que nuestro cerebro está ocupándose de protegernos. ¿Cómo aprender a amarse más? Distinguiendo entre el derecho a tener pensamientos propios y a depender del punto de vista de otros. Pero… ¿Cuál es el límite? : ¡La verdad verdadera! No mí verdad, no la del otro. La esencia humana posee sabiduría, solo observándonos y cuestionándonos, no con dureza, sino como lo hace el mejor de los amigos, podemos acceder a ella. Es una riqueza que subyace en nuestro interior en espera de ser hallada. Somos poseedores de tesoros inigualables ocultos en nuestro propio ser. Seguir las reglas correctas debe ser el objetivo. Es el gran regalo que la Divinidad dio a sus hijos. Respeto tu verdad y tú respeta la mía. Ese es el equilibrio.