
Los Centros

El centro de Bogotá busca su renacimiento. Tras años de rezago, proyectos y estrategias buscan revitalizar esta zona histórica, apostando por la inversión, la cultura y la seguridad.
Bibiana María Guerra De Los Ríos Normalmente, cuando viajamos, lo primero que visitamos es el centro de la ciudad. Se supone que estos centros son, en esencia, el núcleo físico y la cuna de la historia de una ciudad: allí se asentaron los primeros ciudadanos, se inició la historia en ese territorio y se erigió una arquitectura que es símbolo y atractivo turístico. En Colombia no es la excepción, y Bogotá también lo vive, aunque nuestro avance en esta materia no ha sido tan rápido ni efectivo como en otras partes. El crecimiento demográfico, el desarrollo natural de las ciudades, la violencia y otras externalidades han dejado a muchos centros rezagados. A excepción de Cartagena, Santa Marta, Popayán, Cali y, ahora, Bogotá, diría que no existe una política local clara al respecto. Claro, reconozco que otras ciudades vienen haciendo lo propio, de manera lenta pero segura. Políticas como el CONPES 3658 de 2010 ya han quedado obsoletas, por eso necesitamos una política nacional robusta que reconozca la importancia de los centros históricos, esos espacios tan ricos en historia, arquitectura y tradición. A nivel internacional, los centros son considerados lugares seguros, con mayor flujo y actividad económica y comercial. Tanto es así que en muchas ciudades se han implementado políticas concretas para estas zonas como el cobro por congestión para reducir la entrada de vehículos, disminuir la polución y garantizar mejores condiciones a peatones y visitantes. Además, estos centros suelen ser zonas muy apetecidas y costosas para vivir. ¿Por qué en Bogotá no? Llevo casi 20 años yendo al centro de Bogotá por temas académicos y laborales, pero, reconozco, siempre con cierto temor. La Candelaria es hermosa: recorrer sus callecitas angostas, dejarse asombrar por la arquitectura y recordar la Bogotá de antaño, con sus cafés personajes y restaurantes típicos, resulta encantador; sin embargo, siempre he sentido que al cruzar la calle 26 se siente otra atmósfera, tristemente. Al observar la historia de esta zona capitalina, es sorprendente reconocer que su decaimiento entre los años 40 y 60 se debió, en gran medida, a la migración interna de bogotanos hacia el norte, a la falta de inversión y a la ausencia de políticas públicas concretas para la zona, a la transformación de la economía y a periodos de violencia de los que aún no se ha recuperado por completo. A mi juicio, lo que ha salvado al centro es la presencia de numerosas instituciones públicas que aún operan allí. Hoy se retoma esa idea con más fuerza. Bogotá tiene, con la estrategia del Centro Vive y con proyectos de gran envergadura ya en marcha, una oportunidad para volver, realmente, la mirada al centro. Estudios de impacto del metro muestran que los precios de la vivienda y el suelo en su zona de influencia pueden crecer un 10,5% y un 7%, respectivamente. Su ubicación y accesibilidad son grandes ventajas, al igual que su oferta cultural y gastronómica, pero aún hay mucho por hacer. La Empresa de Renovación y Desarrollo Urbano de Bogotá, por ejemplo, ha dado un paso al trasladar su sede a un edificio clasificado como bien de interés cultural, y se espera que más entidades sigan ese ejemplo. En esta mudanza se han difundido fotos de la carrera 10 de hace unas décadas, de sus personajes icónicos y de edificios que parecen sacados de cualquier ciudad europea. El reúso de edificaciones se pone a la vanguardia, al igual que en otras grandes capitales del mundo. Se busca llenar de residentes el centro, revitalizar y propiciar la convivencia de distintos perfiles y actividades, día y noche. Estoy segura de que estos cambios, aunque de mediano y largo plazo, van constituyendo nuevos hábitos y patrones, un cambio de cultura que todos debemos apoyar. Hoy me invade más la felicidad que el miedo por ser parte de esta transformación y vivirla de primera mano.