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Opinión

Los caminos del día a día

Olga Lucía Bustamante Madrid
Olga Lucía Bustamante Madrid
Columnista
7 de junio de 2025

La prisa moderna nos impide saborear la vida. Perdemos conexiones esenciales, priorizando lo efímero. Es vital redescubrir la calma y valorar lo simple para una existencia plena.

Por Olga Lucía Bustamante Madrid Estamos en la era de la velocidad, y esa práctica arruina lo sublime de muchas cosas que vivimos en nuestro día a día. Hay tanta premura por llegar, por terminar algo para poder empezar otra cosa , que ya no saboreamos , no degustamos, comemos de manera mecánica, con los ojos puestos en aparatos y la mente viajando de un lugar a otro, resolviendo problemas, calculando,… Y así desperdiciamos el tiempo que es indispensable para nutrir los afectos, tiempo irrecuperable. No somos conscientes de lo que nos estamos perdiendo. La mirada divaga, no busca el horizonte, el atardecer o las estrellas. No evidenciamos el mensaje en la sonrisa de otros. Nos perdemos de la ingenuidad y la ternura de los niños. Es urgente reencontrar el valor en las cosas sencillas y simples de la existencia, para que la vida tenga una razón de ser vivida. El sexo, las amistades con derechos y fiestas express, son desechables, sin huella que perdure. Es el hacer desmesurado. El ser humano está más solo que nunca. Lo perdurable en la amistad parental y fraterna son las raíces. Es encontrar tiempo para conocerse, descubrirse y valorarse, para servir, participar, escuchar lo que sientes, piensas u opinas. Este nuevo estilo, parece que llegó para quedarse en los hogares, donde cada uno desde muy temprano, tiene su propio espacio, y los momentos de encuentro poco existen. Los padres se acuestan antes que los hijos, extenuados de los quehaceres diarios. Los segundos, deciden cómo invertir su tiempo desde muy corta edad, priorizando labores recreativas y distractivas, perdiéndose el valor de los sentimientos en las interrelaciones. Hijos de la soledad y el vacío afectivo. El hombre automatizado, está desconectado de su ser interior, que es el umbral de todas las posibilidades. Las grandes ideas, el razonamiento, la imaginación, los descubrimientos y la claridad, tienen su origen en el silencio del alma. Lo que  llega del exterior nació de otros, son propuestas ajenas con diversidad de matices: útiles o innecesarias, sensatas o perturbadas, verdades o mentiras. Cada persona tiene un filtro diferente, porque todos somos portadores de lo mejor y peor del ser humano. La diferencia radica en cuál de esas fortalezas o debilidades  les hemos dado fuerza. La quietud, la paciencia y la confianza son la antorcha del despertar del discernimiento y del sosiego que señala el camino hacia la luz.