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Opinión

Los bares

Raymond E. Gomes-Cásseres
Raymond E. Gomes-Cásseres
Columnista
27 de febrero de 2026

No obstante la resiliencia con la que estaba afrontando la situación que estaba padeciendo, Ramón Brandao Gomes sintió el lunes siguiente la necesidad imperiosa de visitar los bares que frecuentaba en su juventud. Se imaginaba que La Bola roja, Mi Cafetal, el Bony Club, Capa Blanca, Bar Santander, el Salivón, y otros que no recordaba su nombre, situados en el viejo mercado público de Sincelejo, a pocas cuadras del Centro, si existían aún debían conservar la magia que los hacía atractivos en aquellos tiempos lejanos

No obstante la resiliencia con la que estaba afrontando la situación que estaba padeciendo, Ramón Brandao Gomes sintió el lunes siguiente la necesidad imperiosa de visitar los bares que frecuentaba en su juventud. Se imaginaba que La Bola roja, Mi Cafetal, el Bony Club, Capa Blanca, Bar Santander, el Salivón, y otros que no recordaba su nombre, situados en el viejo mercado público de Sincelejo, a pocas cuadras del Centro, si existían aún debían conservar la magia que los hacía atractivos en aquellos tiempos lejanos. No eran sitios elegantes, nunca pretendieron serlo. Eran más bien un reflejo honesto de una ciudad que crecía entre la ganadería, el comercio popular y una vida nocturna que latía al ritmo del mercado viejo. Desde finales del siglo XIX y buena parte del siglo XX, el mercado público de Sincelejo fue mucho más que un punto de intercambio de carnes, verduras y pescados. Era un microcosmos social. Allí se cruzaban campesinos, matarifes, comerciantes, músicos, parroquianos y curiosos. Cuando el sol caía, el mercado cambiaba de piel: surgía la bohemia, la música a todo volumen y los bares que conformaban una zona de tolerancia informal tan caribeña como inevitable. Salió de su casa al comienzo de la noche, atravesó el Parque Santander y al desembocar en las calles cercanas al mercado viejo, percibió su característico olor a cuero, pescado fresco y aguardiente derramado. Al acercarse más se topó con la fachada del bar más visible de ese lugar, La Bola roja. Aquella casona vieja, de techo de zinc que no tenía rótulos luminosos ni decoración sofisticada, estaba casi intacta, como la recordaba. Al pararse en la puerta de entrada observo las esferas de espejos que desde el cielo raso teñían de color rojo todos los recovecos del local. Entró al amplio salón en donde estaba la barra y la mayoría de las mesas; siguió hacia el fondo de un salón más pequeño en donde se encontraba la mesa del rincón, que siempre fue su lugar preferido. Desde allí observaba las mujeres que trabajaban en el lugar, las risas desbordadas y las discusiones interminables de los asistentes. Estando ya entonado por el licor, comprobó una vez más que las canciones de desengaños en vez de hacerlo escapar de su pesadilla, aumentaban sus heridas y algunas de ellas, se convertían en puñaladas para el corazón. Aunque los bares siempre habían sido para él, desde que cumplió la mayoría de edad, lugares que frecuentaba para darle rienda suelta a sus anhelos de ser escritor, desde que se casó había dejado de frecuentarlos. Ahora un desengaño lo había hecho volver a esos lugares tan amados en su juventud; fue un ingrato al olvidarse de ellos, se sintió bien recibido como el hijo pródigo que vuelve a casa; se contagió poco a poco de ese ambiente de bullosa solidaridad, de historias de desengaños compartidas en las canciones. Comprobó una vez más que los bares, acogen a los desengañados, a los perdedores, a los jóvenes, a los viejos, a los bohemios, a los soñadores, a toda clase de personas. Y les dan felicidad que, aunque momentánea, es felicidad. Al filo de las dos de la madrugada, aun conservando el control de su cuerpo, salió de La Bola roja rumbo a su casa. Al día siguiente seguro que tendría que afrontar dos guayabos: el del desengaño y el del licor.