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Opinión

Lo Único Cierto

Selma Samur de Heenan
Selma Samur de Heenan
Columnista
17 de agosto de 2025

Aunque sabemos que un día moriremos, es sorprendente que, siendo eso lo único seguro en esta vida, casi nadie se prepara.

Por Selma Samur de Heenan Aunque sabemos que un día moriremos, es sorprendente que, siendo eso lo único seguro en esta vida, casi nadie se prepara. Cuando nacemos, el futuro es incierto y lo único que no admite dudas es que, algún día, nuestra vida en la Tierra tendrá un fin. En la obra “Preparación para la Muerte”, San Alfonso María de Ligorio recuerda que vivir bien es la mejor manera de esperar ese momento inevitable. Y aunque no siempre hayamos vivido como debíamos, nunca es tarde para volver a Dios y encaminarnos hacia Él. Quien se reconcilia con el Señor, practica virtudes y evita el pecado, afronta su despedida sereno y confiado en su infinita misericordia. Una óptima preparación para la muerte, implica olvidarnos de los modelos mundanos para imitar a Cristo. Vivir con ese propósito nos hace fuertes para rechazar las tentaciones. También significa procurar hacer el bien, ser causa de alegría y no de sufrimiento para quienes nos rodean. El que piensa en la eternidad endereza su vida, y cuando llegue su hora, podrá escuchar: “Ven, bendito de mi Padre, hereda el Reino preparado para ti” (Mt 25,34). En el apostolado que coordino desde el año 2016, con el nombre de Camino a la Santidad, CalaS, nuestro lema es: La meta es el Cielo. El camino, la Santidad. Cuando el Espíritu Santo me lo inspiró, entendí que esta meta, para poder cumplirse, presupone el final de nuestra vida en la Tierra y la importancia de poner de nuestra parte para que la Gracia Divina nos alcance. La partida de Miguel Uribe Turbay, me ha motivado a proponer la revisión de este tema, no sólo por tratarse de un hombre muy joven, con sueños y proyectos, con un porvenir que parecía apenas comenzar, sino también por las huellas de bondad que guardaba en su corazón para llevar bienestar a quienes lo necesitaban, dejando un legado que vale la pena preservar por el viaje eterno que le tocó iniciar. Ese mismo que emprenderemos todos, tarde o temprano. Su ausencia es un recordatorio vivo de que el final de la vida no distingue edades, proyectos ni anhelos. Que su memoria sea un llamado a no posponer la conversión, a caminar cada día en rectitud, con tranquilidad de conciencia y la mirada fija en el Cielo, porque ahí es donde está la verdadera meta.