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Opinión

Lo superficial

Selma Samur de Heenan
Selma Samur de Heenan
Columnista
11 de agosto de 2023

El libro de Eclesiastés, atribuido al Rey Salomón, ofrece una reflexión sobre la vanidad de la vida. Explora la búsqueda del sentido existencial frente a la fugacidad y la trascendencia.

Por Selma Samur de Heenan Eclesiastés es uno de los libros más cortos del Antiguo Testamento, y su autoría se le atribuye al Rey Salomón, que nos deja ese valioso legado donde podemos encontrar un manual existencial que con seguridad nos orienta hacia el verdadero sentido de la vida. Nos dice, por ejemplo, que todo es vanidad y nos cuestiona preguntándonos “¿Qué saca el hombre de todas las fatigas que lo sofocan bajo el sol?” El significado dado al termino vanidad, lo deducimos del contexto en que se encuentra, y hace relación a lo superficial, fútil, vacuo, y transitorio. Todo esto llenó de altibajos al hijo de David con Betsabé, quien muy a pesar de toda su gloria, poder, sabiduría, y riqueza, experimentó el fracaso, la tristeza, ambigüedad, desazón, miedo, soledad y ansiedad. Él fue Rey de Israel y al principio gobernó con la sabiduría dada por Dios, la que le representaba una fama tal, que desde los confines de la tierra llegaban a conocerlo, conquistarlo o simplemente escucharlo. Contaba con una fortuna aparentemente inagotable, tenía los mejores caballos de guerra, disfrutó de todos los placeres posibles para la época, incluyendo la disponibilidad de unas mil mujeres. Todo esto hizo que Salomón se alejara de Dios a quien amaba y servía, pasando a caer en un abismo emocional que lo llevó a vivir sin un propósito divino e inmortal, que incluso lo arrastró a la idolatría, olvidándose de todas sus promesas hechas al Padre. Nos agobiamos mucho usando nuestras propias fuerzas para alcanzar metas y cosas, ponemos nuestra esperanza en que la felicidad y bienestar provienen de la falta de problemas o del título universitario, del romance, del placer, del poder, del reconocimiento social, de la seguridad de los bienes materiales, del cuerpo atlético, de la belleza, de la cuenta bancaria, de los negocios prósperos, de acumular dinero, de los viajes, de los lujos y comodidades. Eso es mentira, es solo vanidad que a ningún buen puerto nos conduce sino por el contrario, nos distraen o confunden para la verdadera búsqueda y encuentro con lo realmente esencial y permanente. Es cierto que Dios nos creó para estar en su presencia, y cuando nos alejamos de su gracia, perdemos el rumbo que nos conduce a la paz y el gozo que provienen de Él. Guardemos en la mente y el corazón que “El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque esto es el todo del hombre” (Eclesiastés 12, 13)