
Lo gratuito de la existencia

Creció dudando de la gratuidad de su existencia. Como si tuviera que acumular razones para justificar estar en cada lugar.
Por Olga Leonor Hernández Bustamante Creció dudando de la gratuidad de su existencia. Como si tuviera que acumular razones para justificar estar en cada lugar. Como si las cosas, todas, tuvieran que ser ganadas a pulso, con miedo permanente de no alcanzarlas o de perderlas. Siente como si todo tuviera que ser producto de un enorme esfuerzo y lucha. Como si la vida misma fuera un reto que le corresponde resolver y para el cual diseña y diseña estrategias y tácticas que le garanticen felicidad y plenitud. Aún no sabe bien qué es eso, pero si sabe que necesita alcanzarlo para que todo tenga sentido. Para demostrar que vale, que merece, que puede ser y estar aquí. Le hicieron saber que vino a llenar el vacío de su mamá, que buscó y buscó un hijo hasta que pudo tenerlo, para luego mostrarle lo duro y costoso de la crianza. Sin que ella dijera una palabra, él se hizo consciente de los esfuerzos y sacrificios que hacía para poder sostenerlo. Desde allí se instaló la vergüenza y creció acompañado de ella. Vergüenza de lo que era, de no tener la familia que sus amigos tenían, las vacaciones que describían, los fines de semana de paseos y almuerzos familiares que narraban los lunes en la mañana. Creció en una casa llena de adultos, con pocas posibilidades de juego y distracción. Los libros se convirtieron en su refugio. Leer en el recreo era una buena excusa para fingir no estar interesado en participar de juegos o conversaciones a los que pocas veces lo invitaban. Entonces ahora lee todo el tiempo: crecimiento personal, astrología, psicología, coaching y uno que otro libro o curso de la profesión que escogió. Leer se convirtió en la manera perfecta de tener la información correcta para luego poder saber qué decir y en qué tono, para volverse el amigo incondicional y necesario, el que tenia siempre el conocimiento y la respuesta correcta, la reflexión acertada, el análisis completo de lo que estaba pasando. Sabía como volverse necesario, pero dudaba todo el tiempo de que ese lugar pudiera ser sostenido solo por lo que era, no por lo que entregaba. Analizaba y volvía a analizar tanto todo que podía sentir como la cabeza rebozaba y reventaba de pensamientos. Una situación vivida generaba una cascada de análisis y reflexiones que podían terminar ahogando la experiencia misma si no se sacudía. Cuando la angustia le ganaba, cuando la autoestima le fallaba, tenia la habilidad para hacerse a si mismo a un lado y volverse un observador de los demás, intentando descubrir cómo manejarlo todo para que saliera bien. Creo que pensaba que, si era simplemente él, nada iba a funcionar. Entonces era él, sí, pero un él armado a prueba de balas, un él encantador, que escuchaba por detrás la voz de la duda “esto que te esta pasando no puede ser verdad, estas cosas no te pasan a ti”. Hace unos días, cerrando sesión, con un poco más de calma después de poder sacar la tormenta de su cabeza me dijo “Creo que vivir no es tan agotador. Pero pensar mucho si lo es”. Hoy, cuando le comparto este texto para que me autorice su publicación, se va a enterar de que, para mi como su terapeuta, esa reflexión marca el inicio de una nueva etapa en su proceso y el final de la anterior. Creo que ahora ya podremos empezar a verlo a él, completo, sin que tenga que conquistar espacios, porque su existencia, es gratuita, no tiene que ganársela.