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Opinión

Lo esencial permanece

Bibiana María Guerra de los Ríos
Bibiana María Guerra de los Ríos
Columnista
29 de diciembre de 2025

Es claro que, para los católicos, diciembre es un mes especial. Y sí que lo es. Es, quizá, la época más bella del año: la más familiar, cargada de símbolos, aquella en la que nos reunimos a compartir, a celebrar el amor y, por supuesto, la llegada del Niño Dios, o de Jesús, a nuestras vidas.

Es claro que, para los católicos, diciembre es un mes especial. Y sí que lo es. Es, quizá, la época más bella del año: la más familiar, cargada de símbolos, aquella en la que nos reunimos a compartir, a celebrar el amor y, por supuesto, la llegada del Niño Dios, o de Jesús, a nuestras vidas. Y así como existen otras fechas especiales, cumpleaños, el Día del Padre o el Día de la Madre, muchas veces influenciadas por el comercio, en mi casa siempre se ha dicho algo con convicción: todos los días son el día de todo. Mis papás lo repiten siempre: que honrar a padre y madre no depende de una fecha en el calendario; que un regalo, una llamada o una cena son excusas válidas, sí, pero que pueden darse en cualquier momento. Que el afecto no debería reservarse para ocasiones solemnes. Este año quiero ver las cosas así. Normalmente compramos cosas, las guardamos y las “estrenamos” para una ocasión especial. Con el tiempo, uno entiende que lo único que realmente tenemos es el presente. El pasado ya fue. El futuro es incierto. Cada día es especial, cada día es único, y deberíamos aprender a reconocerlo y a vivirlo como lo que es: irrepetible. Este diciembre llega distinto. Llega con silencios nuevos, con ausencias que pesan, con una familia que no podrá reunirse completa alrededor de la misma mesa. Este año, la familia estará dividida físicamente, y eso duele. Duele porque crecimos entendiendo que estar juntos era la norma, no la excepción; que diciembre era sinónimo de cercanía, de risas compartidas, de abrazos largos. Estamos lejos. Unos, cumpliendo sueños que han tomado tiempo, esfuerzo y valentía. Otros, acompañando a la familia, sosteniendo el día a día, siendo apoyo y presencia donde más se necesita. Caminos distintos, decisiones distintas, pero todas igual de válidas. Porque siempre habrá motivos para seguir adelante. Porque la vida no se detiene, incluso cuando duele, incluso cuando exige distancia. Ha sido un año particularmente duro. Y aunque mucho depende de cómo asumamos las cosas, especialmente aquellas que no están bajo nuestro control, hay pruebas que no se eligen: se atraviesan. Situaciones que obligan a madurar, a soltar, a redefinir lo que entendemos por unión y por familia. Hoy entiendo que estar juntos no siempre significa estar cerca. Que la distancia no rompe lo que está bien construido. Que una familia no se mide en kilómetros, sino en la capacidad de sostenerse incluso en la diferencia horaria, incluso cuando no puede verse. Unidos en la distancia, aprendiendo nuevas formas de acompañarnos, de cuidarnos, de estar presentes sin estar físicamente. Tal vez este diciembre no será como los anteriores. Tal vez no habrá la misma foto ni el mismo ritual. Pero sí habrá lo esencial: la certeza de que seguimos siendo familia, de que seguimos caminando juntos, aun desde lugares distintos. Al final, todo se resume en eso: en seguir. Porque, como bien dice la frase, “el coraje no es tener la fuerza para continuar, es continuar cuando no tienes fuerza”. Y este año, más que nunca, continuar, cada uno desde donde está, pero con el mismo amor, ya es una forma profunda de celebrar. Agradezcamos, también, por el simple hecho de que nuestros corazones siguen latiendo. ¡Felices Fiestas!