
Llamada telefónica

Una llamada matutina a una psicóloga revela una estrategia inusual: usar la terapia como amenaza. La anécdota ilustra cómo la salud mental se instrumentaliza, a pesar del camino por recorrer.
Por Olga Leonor Hernández Bustamante Miércoles. 8:15am. Estoy en la mesa desayunando. Una taza de café humeante en la mano y la comida sin terminar frente a mí. Una llamada de un número desconocido suena. Confieso que no suelo contestar llamadas de números que no conozco como una forma de evitar tener que lidiar con sobrinos o tíos inexistentes que se acaban de accidentar y lloran pidiendo dinero, ofertas de créditos, compras de cartera, nuevos aparatos de teléfono, combos imperdibles a los que no me podría negar, ¿Y por qué no está interesada, cuénteme? Pero esta llamada sonó una, dos, tres y a la cuarta vez contesté, ya entre intrigada y preocupada, no sea que me estén llamando del colegio del niño y yo aquí viendo como el teléfono suena y se silencia una y otra vez. ¿Hola, con la doctora Olga? Dijo la voz de una mujer. Si, ella habla Dije Un grito, de un hombre joven, se escuchó detrás ¿Con quién hablas mamá? ¿A quién estas llamando? La mujer desconoció la pregunta y siguió diciéndome: Mire doctora Olga, Me dieron su número porque yo necesito una cita para hoy mismo. Estoy aquí en la ciudad y me voy mañana temprano y necesito que me atienda hoy. -Lastimosamente no tengo espacio para hoy. ¿En serio? Mire que me voy y me gustaría mucho poder hablar con usted. -Si, en serio, no tengo espacio para hoy. Pero podría revisar si tengo espacio en otro momento de la semana. ¿Pero con quién hablas mamá? Gritó nuevamente el joven. Doctora, espéreme ahí un momento. Las voces se hicieron un poco más sordas, seguramente tapó con la mano el aparato, pero igual escuché la siguiente conversación: ¡Con la doctora que te estoy consiguiendo! ¡Yo te dije que no quiero doctoras, ni nada, ni a nadie! Lo único que quiero es que me dejes en paz. Me tienes harto de estar todo el tiempo opine y opine y diciéndome todo el tiempo que estoy mal y lo que tengo que hacer. Lo siento si no soy el hijo que quieres, pero no voy a ir donde nadie mamá, ¡entiéndelo de una vez, por favor! ¡Ah! ¿No quieres ir donde la doctora? ¡Que noooo! Gritó. La voz volvió a sonar clara: Doctora, que no quieren ir donde usted. Y me colgó. Me quedé mirando el teléfono. Sintiendo que me habían usado como parte de una estrategia de amenaza y manipulación. Que la llamada a la psicóloga era más o menos equivalente a la amenaza de los padres que preocupados, les dicen a los hijos que les va a tocar llevarlos a la clínica a que le pongan una inyección si no se toman el jarabe, la pastilla o si no se comen toda la comida. Parece chiste, pero es anécdota. Aun la psicoterapia y la atención en salud mental sigue siendo parte de los discursos coercitivos y en ocasiones se ofrece como la consecuencia indeseable a la supuesta incapacidad para hacer caso, manejar las emociones, lidiar con las relaciones, ser fiel, etc. Yo terminé mi desayuno y seguí con mi día, cargando con la sensación de que aún falta un enorme camino por recorrer en el cuidado de la salud mental.