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Opinión

Liderazgo femenino en Colombia: más que cuota, poder con propósitos.

Susana Viera
Susana Viera
Columnista
27 de julio de 2025

Hablar de mujeres en política, por décadas, fue una nota al pie de página.

Por Susana Viera Hablar de mujeres en política, por décadas, fue una nota al pie de página. Hoy, algo ha cambiado y vemos lideresas en primera página. Las mujeres están avanzando, y lo están haciendo con fuerza. Ya no son solo candidatas, sino constructoras de una nueva forma de hacer política. No todas, claro, hay disonancias, pero sobresalen figuras que han logrado abrir espacio a una política con voz propia. El Congreso tiene un 30 % de mujeres, pero ¿cuántas de ellas están allí con una agenda que rompa los moldes? ¿Cuántas no están simplemente reproduciendo el mismo juego, el mismo clientelismo, el mismo poder masculino? Solo que, con tacones, y eso solo no basta. Lo verdaderamente transformador es llegar con una visión de país distinta, no solo desde la sororidad. Según la Registraduría, sólo 88 de 296 curules son ocupadas por mujeres, así como sólo seis gobernadoras de los 32 departamentos y 196 alcaldesas de los 1.103 municipios. A nivel nacional, cerca del 48,26 % de los cargos directivos públicos están ocupados por mujeres, lo cual supera el 30 % de la Ley de Cuotas, pero aún no llega a meta de la paridad, que es el 50 %. En esta lucha, se destaca la participación activa y el compromiso de la senadora sucreña Ana María Castañeda, hoy segunda vicepresidenta de la mesa directiva del Senado, un logro visible para su región. No todas las mujeres en el poder son feministas ni incorruptibles. Los casos de Aída Merlano y Oneida Pinto, nos recuerdan que la corrupción no tiene género. Lo que sí lo tiene es la forma como se castiga, se juzga y se recuerda. Porque cuando un hombre roba, se habla de corrupción, pero cuando lo hace una mujer, se habla de su género como si el desvío fuera biológico. Y eso también es parte del problema. En Colombia, seguimos discutiendo si una mujer puede liderar este país. Las brechas persisten, hay avances, pero aún no son suficientes. Los prejuicios siguen cuestionando la capacidad de las mujeres para desempeñar cargos directivos y de representación, aunados a la desigualdad en la distribución de las labores del hogar entre hombres y mujeres. No podemos saltarnos la autocrítica en materia de corrupción. Cuando hablamos de participación política, no debemos idealizarnos. La corrupción no tiene género. Reclamar políticas de integridad también debe hacer parte de la agenda feminista. El liderazgo feminista, es una necesidad democrática. Si la política no se feminiza con propósitos, seguiremos con mujeres en el poder haciendo política de hombres. Y ese no es el camino.