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Opinión

Las voces que nos habitan

Alejandra María Ramos Hernández
Alejandra María Ramos Hernández
Columnista
3 de abril de 2026

Estuve hace poco en un retiro de un solo día sobre la importancia de la palabra y la escucha. Llegué pensando que sería una reflexión más sobre algo que todos creemos entender: que hay que hablar mejor, oír con atención y vivir menos distraídos. Lo decimos con frecuencia, casi como una fórmula aprendida, aunque rara vez nos detenemos a pensar todo lo que esa diferencia implica.

Estuve hace poco en un retiro de un solo día sobre la importancia de la palabra y la escucha. Llegué pensando que sería una reflexión más sobre algo que todos creemos entender: que hay que hablar mejor, oír con atención y vivir menos distraídos. Lo decimos con frecuencia, casi como una fórmula aprendida, aunque rara vez nos detenemos a pensar todo lo que esa diferencia implica. Pero salí de allí con una certeza más honda y más clara: una cosa es oír y otra, muy distinta, escuchar. Y de esa diferencia depende, muchas veces, la calidad de nuestra vida interior. Vivimos rodeados de ruido: el de la calle, el de las pantallas, el de la prisa diaria, el de las conversaciones apuradas y el de las opiniones que llegan sin haberlas pedido. Nos hemos acostumbrado tanto a la bulla que ya casi ni la notamos. Corremos de una tarea a otra, de una exigencia a otra, de una preocupación a otra. Y aun cuando el cuerpo se acuesta, la mente sigue de pie; el problema no es que piense, sino todo lo que dejamos entrar en ella sin filtro. Porque no todo lo que oímos merece convertirse en verdad. No toda voz tiene autoridad. No toda palabra merece quedarse a vivir dentro de nosotros. Yo vivo con una enfermedad autoinmune y eso me ha enseñado algo que va mucho más allá del diagnóstico. Quienes convivimos con ella sabemos que el enemigo no siempre llega con estruendo: a veces aprende a hablar desde adentro. El cuerpo conoce esa paradoja dolorosa de sentirse atacado por sí mismo, de cargar una batalla silenciosa que muchas veces otros no ven. Por eso, mientras escuchaba hablar sobre la palabra y la escucha, hubo una idea que me atravesó de un modo muy personal. También la vida íntima puede convertirse en escenario de una agresión secreta. No lo digo como una metáfora fácil. Lo digo desde la experiencia de habitar un cuerpo vulnerable. Hay pensamientos que llegan con la suavidad de una brisa: “no eres suficiente”, “vas tarde”, “otra vez fallaste”, “no vas a poder”. Parece algo pequeño, casi inofensivo, pero lo sutil también echa raíces. Lo que entra apenas rozando puede terminar convertido en torbellino. Hay frases que vienen de afuera y acabamos repitiendo por dentro con una disciplina feroz: mandatos, culpas, comparaciones, descalificaciones. Y entonces una empieza a atacarse sola, a exigirse sin compasión, a mirarse con dureza, a reducirse a sus errores. Desde afuera, todo puede parecer normal. Por dentro, en cambio, hay una batalla. Tal vez por eso una de las enseñanzas más profundas de esa experiencia fue entender que escuchar no es solo prestar atención. Escuchar también es discernir. Es aprender a reconocer qué voz orienta y cuál hiere; cuál corrige y cuál humilla; qué pensamiento merece ser atendido y cuál debe frenarse antes de que tome el control. En una época saturada de ruido —del de afuera y del que nos habita— escuchar se vuelve un acto de cuidado. Pero escuchar de verdad exige algo que escasea: silencio, y también valentía. Porque, tarde o temprano, uno tiene que entrar en esa soledad que tanto evita. Ese lugar donde ya no sirven la prisa ni las distracciones, y donde aparecen las preguntas difíciles: qué voces me sostienen, cuáles me desgastan, cuáles me devuelven claridad y cuáles me empujan al miedo. Con el tiempo he entendido que no todo lo que habita en mí me pertenece. Muchas de esas voces vienen de heridas viejas, de exigencias ajenas, de marcas que un día encontraron dónde quedarse. Escucharme mejor ha sido, en parte, aprender a hacer limpieza, sacar de adentro lo que no cuida, poner límite a lo que lastima, no darle rango de verdad a todo lo que duele. Eso no borra de golpe el ruido ni resuelve mágicamente la vida, pero sí cambia algo decisivo: la forma en que uno se habla, se sostiene y se acompaña. Y en tiempos como estos, donde todo empuja al afán y a la reacción, acompañarse mejor ya es una forma de dignidad. Salí del retiro con una convicción que no quiero perder. Así como el cuerpo necesita cuidado para no colapsar bajo sus propias batallas, el alma también necesita vigilancia frente a las voces que la habitan. Algunas sostienen; otras ordenan; otras sanan. Pero también están las que desgastan, distorsionan y atacan. Aprender a escuchar es, quizá, aprender a defender la vida interior sin endurecerse, a poner límite sin perder la ternura, a entender, en medio de tanta bulla, que no todo lo que entra debe quedarse.