
Las formas en la política

En tiempos de alta tensión política, cuando cada conversación parece un campo minado y cada postura se interpreta como una declaración de guerra, conviene recordar algo elemental pero olvidado: las formas importan. Importan porque son el puente que permite que una sociedad dividida siga dialogando, incluso cuando no coincide. Importan porque sin ellas la política se convierte en un ejercicio de imposición y no de convivencia democrática.
En tiempos de alta tensión política, cuando cada conversación parece un campo minado y cada postura se interpreta como una declaración de guerra, conviene recordar algo elemental pero olvidado: las formas importan. Importan porque son el puente que permite que una sociedad dividida siga dialogando, incluso cuando no coincide. Importan porque sin ellas la política se convierte en un ejercicio de imposición y no de convivencia democrática. En Colombia se ha vuelto costumbre descalificar al otro por su voto. Se repite, casi como un reflejo automático, que quien vota distinto “no sabe”, “no entiende” o “está manipulado”. Sin embargo, estudios de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de los Andes han demostrado que todo voto es válido y que las personas deciden según sus intereses, sus circunstancias y sus prioridades del momento. Nadie es más ignorante que otro por elegir una opción distinta. Esa premisa, tan simple, debería ser el punto de partida para bajar la temperatura. La polarización que vivimos no nació ayer. Se consolidó desde el plebiscito de 2016 y, a juzgar por el clima actual, está lejos de terminar. Y en este contexto, preocupa que los ataques provenientes de una campaña presidencial hacia actores políticos del departamento de Sucre hayan sido bajos en nivel, pobres en contenido y reprochables en forma. Así como los ataques por parte de la otra campaña a los votantes de centro. Y precisamente por eso resultan más dañinos, porque reducen la discusión pública a insinuaciones, burlas y descalificaciones que no aportan nada al debate democrático. Lo verdaderamente decisivo ocurrirá el 21 de junio. Así como el pasado 31 de mayo, la ciudadanía debe salir masivamente a votar. Ese es el momento en el que la democracia se expresa con mayor claridad; no en los trinos, no en los debates acalorados, no en los rumores, sino en las urnas. Gane quien gane, confío plenamente en las instituciones colombianas y en su sistema de frenos y contrapesos. Ese andamiaje es el que garantiza que ningún proyecto político pueda desbordar los límites democráticos. Eso es lo que debemos rodear y proteger. Ojalá la campaña no siga escalando en descalificaciones. Ojalá entendamos que la política no solo se trata de lo que se dice, sino de cómo se dice. Porque, al final, las formas importan. Importan para convivir, para construir y para no olvidar que, antes que adversarios, seguimos siendo ciudadanos del mismo país.