
Las evidencias no engañan

El autoengaño y la falta de unión en Colombia perpetúan la pobreza, reflejando un problema arraigado. El análisis conecta el mito de Narciso con la realidad actual, marcada por desigualdad y corrupción.
Por Susana Viera El mito de Narciso es mejor decantarlo desde la óptica de la apariencia y el autoengaño. Cuando nos excedemos en la interpretación de nuestra propia imagen, y nos vemos distorsionados, puede que nos veamos siete veces más bellos o feos de lo que somos. En otro escenario totalmente filosófico, dícese que durante el siglo VI a.c el filósofo griego Parmenides, argumentaba que el mundo estaba dividido por principios contradictorios como luz y oscuridad, frío y calor, peso y levedad, positivo y negativo; etc. Pensemos en cuánto ha cambiado la humanidad desde Parmenides. Mucho y poco. Los problemas como la pobreza, la exclusión, la desigualdad, la injusticia siguen agobiando con ferocidad la vida terrenal. Y no reconocer las realidades de nuestro país, es nuestro mayor engaño. En Colombia, parece que sólo se ve la realidad cuando los problemas afectan al nivel central y las grandes capitales. ¿Cómo se conectan estos dos relatos con la visión actual colombiana? Resulta que, por un lado, hay una falta de narcisismo patriótico para mirarnos con amor más allá de los regionalismos. Somos multidimensionales y multidiversos aun interterritorialmente. Tenemos una polarización geopolítica natural, y en esas realidades nos vemos distintos como los paisas, los costeños, los patusos, los rolos, los llaneros, en fin. El mundo es inexorablemente cambiante, las acepciones cambian, el clima cambia, las problemáticas cambian, y todo se transforma, eso se supone. ¿Entonces, por qué un gran número de colombianos permanece estancado en la pobreza en un país tan rico en recursos naturales? Recientemente fue lanzado desde la XXXVI Asamblea EFSUR en la ciudad de Barranquilla el libro “¿Por qué seguimos siendo pobres en Colombia? Me atrevo a pensar que la pobreza se fortalece en dos pilares. El primero es obvio, pues el poder requiere de pobres y serviles para perpetuarse. Y el segundo, nos caracteriza por una cultura de corrupción y pobreza generacional. Sobre pobreza, desigualdad y brechas socioeconómicas, sabemos mucho los colombianos, por vivencias más que por estudios y por falta de educación. Parece una respuesta simplista, pero ¿lo es? Reflexionemos sobre una realidad. En Bogotá, hoy toca bañarse con tacita y calentar el agua a punta de fogón, cada nueve días. Señoras y señores, esta es la cotidianidad de muchos territorios acostumbrados a no ver agua en los grifos, incluso a no saber qué es un grifo. Un país con un salario mínimo de 1,3 millones de pesos, un presupuesto general proyectado en $523 billones de pesos para el año 2025, siete grupos de banqueros que controlan la Banca, 0,6 millones de empleadores y más cifras cuestionables, las evidencias no engañan. Nos afecta el calentamiento global y la corrupción de siempre.