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Opinión

La única verdad

Selma Samur de Heenan
Selma Samur de Heenan
Columnista
5 de mayo de 2024

La percepción de la realidad varía según la óptica. Un árbol o el sufrimiento, por ejemplo, pueden interpretarse de maneras opuestas. La clave reside en la fe y la aceptación.

Por Selma Samur de Heenan La realidad es una sola; sin embargo, existen muchas maneras de apreciarla y entenderla, cuando se pretende imponer diferentes verdades según la óptica que se utilice. Un árbol no representa lo mismo para todos. Algunos lo ven como la hermosa obra del creador, y del poder majestuoso de quien ha hecho las cosas, el cielo, la tierra, las aguas y todo lo que contienen. Otros lo miran como un fruto de la Pachamama que necesita ser abrazado y protegido del ánimo depredador del hombre. De igual forma, las situaciones que vivimos, se revisten de matices que permiten percibirlas opuestamente. Para los cristianos que procuramos vivir conforme a las enseñanzas de Jesús, la vida de los santos mártires representa un testimonio muy valioso, digno de imitar. Mientras que, para quienes estandarizan sus metas según los dictados del mundo, es una locura completa gozar en el sufrimiento que es ofrecido a Cristo. Es absolutamente cierto que en cada hombre hay un niño herido, tal vez, incluso, desde el vientre materno. Una diferencia entre aquel y este, radica en lo que se hace con esas lesiones. Podemos quedarnos eternamente sufriendo por ellas, renegando y autocompadeciéndonos o seguir la cuerda de San Pablo, que asemeja nuestras heridas a las de Jesucristo, considerándolas una bendición que redime y santifica. De esta forma, nos sugiere que, lejos de buscar su desaparición, las aceptemos y ofrezcamos a Dios con amor, para permitirle que las sane y cicatrice, dejando de llorar sobre nuestras ruinas sin volver a las propias miserias. "Pues la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; más para los que se salvan, es fuerza de Dios". 1 Corintios, 1 - 18. Nuestros pensamientos pueden ser perturbadores cuando nos llevan al pasado, queriéndonos anclar ahí para que no estemos plenamente en el presente, y tengamos zozobra o miedo ante el futuro. Sin darnos cuenta, son las situaciones arraigadas las que van condicionando el hoy, y trastornando un mañana que podría ser para dar Gloria a Dios. El mejor momento para pedir perdón es antes de que nos reclamen por nuestras faltas y, para perdonar, antes de que nos lo pidan. Divisemos la realidad con la mirada divina y no con la humana, porque es la opción para estar en la única verdad que está dada por Jesucristo.