
La televisión castra la mente

La historia de Alipio, influenciado por la violencia, refleja el impacto de medios como la televisión en la sociedad. La exposición a imágenes violentas, especialmente en niños, moldea la percepción.
Por Samuel Morales Turizo Alipio, tal y como relataba hace 1.200 años San Agustín, era un adolescente romano amigable y gentil. Sin embargo, sus amistades distaban mucho de ser consideradas recomendables. Un cierto día Alipio fue convencido por sus amigos para que los acompañara a presenciar un espectáculo en el circo. Muy a regañadientes aceptó. Cuando contempló a una muchedumbre vociferar y apasionarse por una exhibición en el que la sangre era la protagonista, su reacción inmediata fue taparse los ojos y mantenerse al margen de tanta crueldad. Pero lo consiguió. Era tal el clamor que no pudo resistir la tentación. Abrió los ojos y lo que vio le cautivó. Había pasado a formar parte de la multitud enajenada, sin poder de análisis. A partir de ese día Alipio no fue igual. Se había transformado para toda la vida. En esta nota es donde la violencia, desempeña un papel importante y no solo es evidente en la comunidad, en la familia, sino es propiciada e incitada por condiciones paralelas, en los medios de comunicación, especialmente la televisión, el cine, el arte, y la música. El aparato preferible para infectar visualmente con lo antiestético es la televisión, más que los diarios incluyendo a los que se dedican al amarillismo. Porque las programaciones televisivas, que llega a los sectores vulnerables de la población, tienen más cabida de contaminación visual. Pero en los noticieros televisivos lo que se observa es violencia diaria, además los domingos y días feriados se exhiben películas de guerra, de terrorismo, los menores de edad son los primeros en captar esas imágenes nocivas. Usan la violencia como arma de seducción. También hacemos alusión a telenovelas con escenas de violencia intrafamiliar, amorosas y pornográficas. Evidentemente la ocurrencia de un delito, por lo general conmueve a la opinión pública, por lo menos le ocasiona una curiosidad mayor que la de otra noticia cualquiera. La televisión castra la mente, no hay creación, la mayoría de los colombianos han perdido el hábito de leer por la televisión. Lo que le pasó a Alipio, le está sucediendo a muchos que ven la televisión. El televidente observa todo, pero tiene los ojos vendados para criticar.