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Opinión

La señal de la Cruz

Selma Samur de Heenan
Selma Samur de Heenan
Columnista
19 de octubre de 2025

En el siglo II d.C., Tertuliano recomendaba que en todos nuestros viajes y movimientos, en todas nuestras salidas y llegadas, al ponernos los zapatos, al tomar un baño, en la mesa, al encender nuestras velas, al acostarnos o al sentarnos, en cualquiera de las tareas...

Por: Selma Samur de Heenan En el siglo II d.C., Tertuliano recomendaba que en todos nuestros viajes y movimientos, en todas nuestras salidas y llegadas, al ponernos los zapatos, al tomar un baño, en la mesa, al encender nuestras velas, al acostarnos o al sentarnos, en cualquiera de las tareas en que nos ocupemos, tracemos en nuestras frentes el signo de la Cruz. Al principio, los cristianos lo hacían únicamente sobre la frente, pero con el tiempo se extendió a las dos formas que conocemos hoy. La primera es persignarse, cuando dibujamos tres pequeñas cruces: una en la frente, la segunda en la boca y la última en el pecho, mientras decimos: “Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro”. La segunda, que es la más frecuente, la llamamos santiguarse, y consiste en hacer la gran cruz desde la frente al pecho y del hombro izquierdo al derecho, diciendo: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”. San Pablo enseña que la Cruz es poder de Dios, y al dejarla en nuestro cuerpo nos unimos con la Santísima Trinidad. Santiguarnos o persignarnos nos prepara para la oración, fortalece el espíritu y nos protege del mal. Al hacerlo con fe, ponemos nuestra jornada en manos de Dios y recordamos que pertenecemos a Cristo crucificado y resucitado. Este signo es también un símbolo de defensa espiritual y una fuente de protección. Los exorcistas de la Iglesia explican que el demonio no soporta el poder de la Cruz, y afirman que esa fuerza proviene de la presencia viva de Cristo en el alma que confía en Él. San Francisco de Sales decía que los espíritus malignos huyen ante la Cruz cuando es trazada con sincera fe, como si contemplaran de nuevo la Pasión del Señor. Por eso, quien se persigna o santigua con el corazón vuelto a Dios se ampara bajo la victoria del Crucificado y renueva su pertenencia a Él. Tal vez la costumbre y la prisa han hecho que muchos la tracen sin pensar, pero si la hacemos con devoción, el alma se llena de paz y el corazón se orienta hacia Dios. La próxima vez que te persignes o santigües, hazlo con conciencia, sabiendo que esa Cruz invisible es el signo más poderoso del amor que nos salvó.