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Opinión

La Primera Campana

Aníbal Paternina Padilla
Aníbal Paternina Padilla
Columnista
18 de diciembre de 2024

Don José de Jesús Herazo, figura emblemática de Sincelejo, dejó un legado de bondad y alegría. Su obsequio de la primera campana marcó la historia local en 1887.

Por Aníbal Paternina Padilla Don José de Jesús Herazo, antiguo señor de Sincelejo que dejó recuerdos imborrables por sus grandes dotes de trabajador, por los invaluables servicios que prestaba a sus amigos y a Sincelejo con espíritu bondadoso, risueño y burlón, siempre en estado latente para el buen humor. Entre sus servicios a la ciudad se destaca el obsequio a la iglesia de la primera campana para esa época lejana, enteramente pueblerina, sin vías de comunicación. El acontecimiento de la llegada de dicha campana y su colocación en la antigua torre de madera fue algo trascendental, de tal manera que la historia local recoge el hecho el 13 de mayo de 1887 y sus actos de bendición un día como hoy 18 de diciembre del mismo año. Llegó la campana mayor de la iglesia de San Francisco, la cual fue paseada por las calles del pueblo con música y gran entusiasmo. Esta campana llamada” la favorita” fue obsequiada por el magnísimo señor, conocido con el nombre del Niño Herazo de muy gratos recuerdos. El pueblo de Sincelejo se congregó a presenciar la elevación y colocación del sonoro artefacto traído de Inglaterra y arrastrado desde Tolú por varias yuntas de bueyes. Se pusieron varias bateas llenas de ron en distintos lugares de la plaza con totumitas para que cada quien se sirviera a gusto.  Ya instalado el pesado artefacto y al dar la primera campanada, gritaron al unísono: ¡viva el niño Herazo! Este personaje acostumbraba a celebrar las fiestas de San Juan todos los 24 de junio con carreras de caballo. Hacían montar a cuatro de sus mejores mozos y los ponía a correr por las calles de Sincelejo, especialmente por la calle Real con el sostenido grito San Juan, viva el niño Herazo. El 29 de junio, día de San Pedro y San Pablo, hacia traer todas sus recuas de burros para prestarlos a los muchachos pobres que carecían del codiciado vehículo. Al amanecer llegaban chiquilladas a la casa del espléndido Señor en la calle la pajuela. Ponía en línea las cabalgaduras y en fila los muchachos, y así cada uno iba tomando al burro que le tocaba en turno. Una vez repartían los jumentos la muchedumbre recorría las calles sincelejanas. Así se divertía el inolvidable personaje que aseguraba que la vida es muy simple y había que buscarle alguna distancia. En la Guerra de los Mil Días lo pusieron preso, y obligado a dormir en el suelo, lo que lo deprimió y dejó de existir.