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Opinión

La presidencia no se conquista en soledad

Emiro Arrazola Ospina
Emiro Arrazola Ospina
Columnista
12 de abril de 2026

La paradoja de candidatos que enamoran a las multitudes, pero fracasan por desconocer la ciencia de las coaliciones.

La paradoja de candidatos que enamoran a las multitudes, pero fracasan por desconocer la ciencia de las coaliciones. La política colombiana repite una paradoja tan fascinante como implacable: candidatos capaces de despertar entusiasmo popular, llenar plazas y dominar la conversación pública, terminan derrotados no por falta de respaldo ciudadano, sino por desconocer la arquitectura real del poder. Confunden emoción con mayoría. Suponen que la fuerza moral del discurso basta para llegar al solio de Bolívar. Creen que la épica de una cruzada individual puede reemplazar la matemática de la democracia. Y es allí donde comienza la derrota. La Presidencia no se conquista solo con carisma ni con campañas memorables. Se gana con mayorías, y las mayorías se construyen mediante coaliciones, acuerdos y la inteligencia de sumar fuerzas distintas. Todo lo demás es retórica. Muchos errores de candidaturas nacen precisamente de esa lectura equivocada. En nombre de la pureza política, desprecian alianzas, rechazan puentes y terminan confundiendo autenticidad con aislamiento. Pero en democracia la soledad no es una virtud: es una debilidad estratégica que casi siempre favorece al adversario. Colombia no es una voluntad unipersonal. Es un entramado de regiones, partidos, liderazgos intermedios, sectores sociales y un Congreso elegido por el mismo pueblo. Ignorar esa realidad no es rebeldía; es ingenuidad. Por eso tantas campañas brillantes terminan convertidas en derrotas evitables. Conectan con la emoción del país, pero fallan en la única ciencia que transforma ilusión en poder real: la construcción de mayorías. La lección histórica permanece intacta: nadie llega solo a la Presidencia. El poder democrático no se hereda del entusiasmo, sino de la inteligencia de las alianzas.