
La política no debería apropiarse de los símbolos de las Fuerzas Militares

En Colombia, las Fuerzas Militares y la Policía Nacional han construido durante décadas una tradición institucional basada en símbolos, himnos, lemas y saludos que representan valores como el honor, la disciplina, el servicio y el sacrificio por la patria. Esos elementos no pertenecen a un partido político ni a una campaña electoral; pertenecen a todos los colombianos.
En Colombia, las Fuerzas Militares y la Policía Nacional han construido durante décadas una tradición institucional basada en símbolos, himnos, lemas y saludos que representan valores como el honor, la disciplina, el servicio y el sacrificio por la patria. Esos elementos no pertenecen a un partido político ni a una campaña electoral; pertenecen a todos los colombianos. Por eso resulta legítimo preguntarse si es conveniente que una campaña política adopte como eslogan expresiones que históricamente han estado asociadas a la cultura militar. Más allá de la intención que pueda existir, la percepción que se genera es que se busca capitalizar emocionalmente símbolos que deberían mantenerse por encima de las disputas partidistas. Las campañas tienen todo el derecho de construir sus mensajes, pero cuando recurren a expresiones con una fuerte carga institucional pueden transmitir la idea de que intentan atraer simpatías de sectores específicos mediante referencias que no les son propias. En una democracia sana, las Fuerzas Militares deben conservar su carácter neutral y no convertirse, ni siquiera simbólicamente, en herramienta de marketing político. La discusión no es sobre quién tiene mejores intenciones ni sobre la ideología de un candidato. Se trata de respetar la separación entre las instituciones del Estado y las campañas electorales. Los símbolos que unen a todos los colombianos deberían permanecer por encima de la competencia política. La política necesita propuestas, argumentos y debates de fondo. Cuando una campaña recurre a símbolos que tradicionalmente representan a instituciones nacionales, corre el riesgo de ser vista más como una estrategia para "pescar cautivos" que como un esfuerzo genuino por conquistar el respaldo ciudadano a través de las ideas. Porque las instituciones son de todos; las campañas, en cambio, son pasajeras. Y esa diferencia merece ser respetada.