Cargando indicadores...
Sucre Logo
Imagen del artículo
Opinión

La paradoja de la perfectibilidad humana

Susana Viera
Susana Viera
Columnista
14 de junio de 2026

Perfectible es un término con resonancia intelectual que no ha alcanzado la popularidad de palabras como empoderamiento o disrupción. Jean-Jacques Rousseau desarrolló la idea de la perfectibilité como la capacidad humana de transformarse y evolucionar. De aquí surge una pregunta, y es qué podemos cambiar a lo largo de nuestras vidas y cuáles aspectos permanecen. La respuesta requiere comprensión y reflexión.

Perfectible es un término con resonancia intelectual que no ha alcanzado la popularidad de palabras como empoderamiento o disrupción. Jean-Jacques Rousseau desarrolló la idea de la perfectibilité como la capacidad humana de transformarse y evolucionar. De aquí surge una pregunta, y es qué podemos cambiar a lo largo de nuestras vidas y cuáles aspectos permanecen. La respuesta requiere comprensión y reflexión. Si tomamos la idea clásica de Rousseau, la perfectibilidad no significa perfección. Significa la capacidad singular del ser humano para transformarse a sí mismo. A diferencia de los animales, que actúan principalmente por instinto, los seres humanos podemos aprender, desaprender, corregirnos, adaptarnos y reinventarnos. Pero esa capacidad tiene límites. Se pueden cambiar las ideas, las creencias, los hábitos, la forma de amar y hasta la relación con uno mismo. Sin embargo, muchos filósofos y psicólogos sostienen que existen aspectos que difícilmente cambian, como ciertos rasgos de personalidad, el temperamento y algunas formas profundas de experimentar el mundo. Por eso suele decirse que las personas cambian sin convertirse por completo en alguien distinto, conservan su esencia. Probablemente lo que más cambia son las convicciones políticas, las creencias religiosas, el concepto del éxito y la manera de entender la felicidad. Hay versiones de nosotros mismos que, vistas en retrospectiva, resultan casi irreconocibles. Quizás por eso la pregunta más profunda no es cuánto podemos cambiar, sino cuánto de lo que somos es realmente nuestro y cuánto ha sido moldeado por la experiencia, el miedo o la necesidad. La política ofrece ejemplos fascinantes de perfectibilidad. En tiempos electorales abundan las conversiones repentinas. Ateos que descubren la fe, defensores del libre mercado que abrazan discursos sociales y antiguos críticos del Estado que terminan reclamando su intervención. No se trata de cuestionar la posibilidad genuina de cambiar de opinión. La historia humana está llena de transformaciones auténticas. Lo que merece atención es la velocidad con la que algunas convicciones parecen acomodarse a las circunstancias. La perfectibilidad supone reflexión, experiencia y aprendizaje. La acomodación supone cálculo. La primera transforma la conciencia. La segunda ajusta el discurso. Una nace de la comprensión y la otra de la conveniencia. Los valores cambian, las creencias evolucionan y las identidades se transforman. Eso forma parte de nuestra condición humana. La verdadera pregunta no es si cambiamos. La evidencia demuestra que lo hacemos constantemente. La pregunta relevante es si cambiamos porque entendimos algo nuevo sobre la vida o porque encontramos una nueva forma de acomodarnos a ella. Ahí reside la paradoja de la perfectibilidad humana.