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Opinión

La normalización

Selma Samur de Heenan
Selma Samur de Heenan
Columnista
8 de septiembre de 2024

Algunos actos inmorales pasan desapercibidos, justificándose con excusas. La autora denuncia la indiferencia ante comportamientos que perjudican a la sociedad, instando a la acción.

Por Selma Samur de Heenan Algunos acontecimientos escapan de cualquier parámetro ético o moral, pero, sin embargo, pasan desapercibidos como si en nada afectaran al orden social. Las excusas para hacerse los de la vista corta son varias, y todas ellas bastante discutibles: No debemos interferir en la vida privada de las personas. Cada cual hace lo que le parezca en razón del libre albedrio. Esa situación o actividad ya es legal y por eso no podemos oponernos a ella. Si manifiesto mi desacuerdo dirán que es por fanatismo religioso, si hasta el papa se ha preguntado quién es él para decir que no. Todos esos argumentos son desvirtuables con la Palabra de Dios, que debe ser nuestro manual de conducta. Lo que está mal, siempre lo estará aunque todos estén incursos en el error, y lo que está bien, es correcto aunque nadie se encuentre en esa verdad. Lo que da la validez y sentido de bueno, no radica en el número de personas que lo aceptan, sino en la conformidad con la Ley Divina, que es clara, concreta y reafirmada a través de la historia. Que el líder de un país se comporte en la supuesta vida privada, a la que pretenden tener derecho, como lo hacen muchos de los presidentes actuales, y que en torno a ellos aun exista un velo de silencio cómplice, es muy preocupante, por decir lo menos. No podemos darles un visto bueno a sus comportamientos, cuando siempre redundarán en perjuicio de la población a quienes deben favorecer. Pero, sale a la luz una pregunta superficial y alcahueta: ¿y que él haga esto o aquello, en qué nos perjudica? Lo mismo pensarán muchos sobre la libertad que tiene el Partido Demócrata, en los Estados Unidos, para reunirse y celebrar su convención a lo grande, matando inocentes a la entrada del evento, en un carro ahora mortuorio, cuando en realidad debería usarse como una ambulancia para salvar vidas. Así mismo sucedió cuando los partidarios de KA-mala consagraron su convención a satanás, ofreciéndole la vida de muchos bebes mediante un procedimiento llamado aborto, al que han bautizado sofisticadamente como “derecho sexual y reproductivo de la mujer o interrupción libre del embarazo”. Dejemos la indiferencia y las excusas para justificarla, o veremos, muy pronto, la total normalización del caos.