
La Mojana donde las promesas flotan y las soluciones naufragan

“Mientras Colombia enciende luces y arma el árbol, La Mojana sigue recibiendo el mismo regalo de siempre: agua hasta el cuello y promesas que flotan mejor que cualquier chalupa.”
Por Silverio Jose Herrera Caraballo “Mientras Colombia enciende luces y arma el árbol, La Mojana sigue recibiendo el mismo regalo de siempre: agua hasta el cuello y promesas que flotan mejor que cualquier chalupa.” En Colombia, diciembre suele llegar envuelto en luces, buñuelos y deseos de prosperidad. Pero en La Mojana (esa región olvidada que abarca municipios de Sucre, Córdoba, Bolívar y Antioquia) las fiestas llegan acompañadas de un incesante manto de agua, lodo y resignación. Allí no se escucha el tintineo de los villancicos, sino el eco persistente de un problema viejo disfrazado de novedoso: la corrupción, esa tradición nacional que nunca se toma vacaciones, ni siquiera en época de aguinaldos. Mientras en Bogotá el Gobierno entona melodías de “transformación”, “cambio” y “compromiso social”, los mojaneros continúan con el agua literalmente a la altura del pecho. Las motobombas prometidas no aparecen, las obras no empiezan, y las soluciones (cuando las hay) navegan a la deriva. Resulta llamativo que, en las reuniones recientes entre los damnificados y las autoridades, se haya vuelto a repetir el guion de siempre: largas intervenciones, gestos solemnes y compromisos tan frágiles como una vela de Navidad bajo la lluvia. Los habitantes de La Mojana lo expresaron con una claridad que incomoda: el problema no es el río, es la corrupción; y la dirección del responsable no está en la llanura, está en Bogotá. Porque La Mojana se ha convertido en un terreno fértil para estudios técnicos que jamás se traducen en obras. Allí abundan los diagnósticos (todos exhaustivos, todos urgentes), pero escasean las soluciones. Es como si la región fuese una eterna tesis en borrador, una zona donde los proyectos se anuncian con solemnidad, se inician con entusiasmo y se olvidan con facilidad. La frase más repetida por los habitantes podría ser perfectamente un eslogan nacional: “No faltan planes; faltan resultados”. La gestión institucional tampoco ayuda a cambiar el panorama. La Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo (UNGRD) y el Fondo de Adaptación, ahora fusionados bajo la batuta de Carlos Carrillo, representan de manera casi pedagógica cómo un Estado puede transformar una emergencia social en una red burocrática interminable. En lugar de convertirse en herramientas de respuesta eficiente, se transforman en archivos que acumulan informes, prórrogas y justificaciones. Y lo sorprendente es que, a pesar de todo ello, siguen hablando de “gestión”, como si el solo hecho de pronunciar la palabra fuese suficiente para detener la creciente del Cauca. Los mojaneros no piden milagros, ni obras faraónicas, ni discursos épicos. Piden lo esencial: muros que contengan el agua, dragados que despejen los cauces y decisiones firmes que se ejecuten. Piden que los funcionarios se quiten el chaleco de la foto y se pongan el de la responsabilidad. Piden que los recursos no se evaporen entre contratos, intermediarios y consultas interminables. Pero el Estado parece más preocupado por la narrativa que por la realidad: se mueve con soltura en las redes sociales, mientras la región sigue atrapada en el fango. La Mojana vive en un contraste absurdo: por un lado, la gente organiza su vida entre inundaciones, pérdidas y desplazamientos; por el otro, se celebran reuniones técnicas que terminan, casi siempre, con un anuncio que se diluye más rápido que las palabras de un político en campaña. Y diciembre, que en tantas ciudades simboliza esperanza, allí se convierte en un recordatorio de que la naturaleza puede ser implacable, pero la desidia institucional lo es todavía más. Si este fin de año vuelve a dejar a los mojaneros bajo el agua, no será únicamente por la fuerza del Cauca ni por la sedimentación acumulada. Será porque la corrupción, esa corriente silenciosa que fluye desde el centro del poder, sigue siendo la más imprevisible y devastadora. Una creciente que no se detiene con motobombas ni con muros, porque no proviene del río, sino de decisiones tomadas muy lejos de donde el agua golpea las puertas. La Mojana no debería ser un escenario de tragedias cíclicas; debería ser un ejemplo de gestión responsable y planificación sostenible. Sin embargo, año tras año, termina siendo una postal dolorosa del país que se promete cambiar, pero que no termina de hacerlo. En este rincón del Caribe interior, la realidad se impone con contundencia: el agua sube, las promesas bajan y la paciencia se agota. Eso sí: cuando llegue enero, no faltará quien hable de “nuevos compromisos”, “planes integrales” o “acciones inmediatas”. En Colombia, las palabras nunca escasean. Lo que falta y no solo en La Mojana) es que alguna de ellas se convierta, de una vez por todas, en realidad.