
La mejor clase la recibe quien enseña

Terminé mi segundo semestre dictando clases en la Universidad Javeriana. Aunque alguna vez me interesó la docencia, especialmente cuando regresé de cursar mi maestría en Estados Unidos, nunca hice mucho por convertir ese interés en realidad.
Terminé mi segundo semestre dictando clases en la Universidad Javeriana. Aunque alguna vez me interesó la docencia, especialmente cuando regresé de cursar mi maestría en Estados Unidos, nunca hice mucho por convertir ese interés en realidad. Pasaron los años y solo una mezcla de oportunidad y necesidad volvió a ponerme frente a esta posibilidad. Hoy agradezco profundamente haberla aceptado. Hace un par de años escribí una columna titulada Síndrome de la impostora. Allí reflexionaba sobre esa sensación de no sentirse suficientemente preparado. A veces, no creer plenamente en uno mismo puede convertirse en el principal obstáculo para avanzar. Por fortuna, también existen personas que creen en nosotros cuando nosotros mismos dudamos. Gracias a una amiga, a quien hoy agradezco públicamente porque me lo ha demostrado en varias ocasiones, llegué como reemplazo a dictar el módulo de Indicadores Urbanos dentro de la asignatura Hábitat y Calidad de Vida de la Maestría en Planeación Urbana y Regional de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Javeriana. Lo que comenzó como un reemplazo temporal ya completa dos semestres y continuará, si Dios lo permite. Antes de asumir este reto, como muchos, veía la labor docente desde la distancia. Admiraba a los buenos profesores y criticaba a los malos, sin comprender realmente la magnitud de su responsabilidad. Hoy la entiendo mucho mejor. Ser profesor no es llegar al salón y hablar durante unas horas. En mi caso, las jornadas pueden extenderse hasta seis horas continuas. Tampoco consiste en preparar una presentación con anticipación y repetirla semestre tras semestre. Los estudiantes llegan preparados, cuestionan, investigan y obligan a uno a estar al día. Un profesor que deja de aprender termina desconectándose del salón. Pero lo más importante es que ser profesor implica una enorme responsabilidad con quienes se están formando para transformar la sociedad. Cada estudiante llega al salón con expectativas, experiencias y preguntas distintas. Algunos buscan herramientas para ejercer mejor su profesión; otros buscan respuestas para entender el mundo que los rodea. Tal vez por eso disfruto tanto estas clases. Hablar de ciudades es hablar de la vida misma: de oportunidades, desigualdades, movilidad, vivienda, medio ambiente y calidad de vida. Pero también es escuchar cómo cada estudiante ve y vive la ciudad desde una realidad distinta. En esas conversaciones uno descubre que no existe una sola forma de entender el territorio ni una única manera de construir mejores ciudades. También descubrí que enseñar exige escuchar. Los profesores somos transmisores de conocimiento, pero también somos testigos de historias humanas. Detrás de una ausencia, de una entrega tardía o de una llegada apresurada al salón, muchas veces hay situaciones personales que desconocemos. La empatía no reemplaza la exigencia académica, pero sí la humaniza. Después de estos dos semestres entendí algo que antes no veía. Los profesores no solo enseñan una materia; ayudan a formar personas, acompañan procesos y muchas veces inspiran decisiones que terminan marcando vidas. Es una responsabilidad enorme, pero también un privilegio. Por eso, cada vez que alguien me dice "Profe", sonrío. Porque detrás de esas cinco letras hay una de las experiencias más enriquecedoras que he tenido.