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Opinión

La industria agroalimentaria y sus dilemas

Manuel Cadrazco Martelo
Manuel Cadrazco Martelo
Columnista
13 de mayo de 2026

Sucre tiene en el agro y en la industria agroalimentaria una oportunidad que pocas regiones del país poseen. Una realidad productiva que, bien gestionada, podría transformar ingresos, empleo y desarrollo territorial. Pero para que ese potencial deje de ser promesa, hay que enfrentar de frente las barreras que hoy frenan al sector. Un reciente análisis del BID deja claro que las empresas agroalimentarias de América Latina operan en un entorno donde los costos logísticos son altos, el acceso al crédito es limitado y el conocimiento de las políticas públicas disponibles es bajo. Y si eso es cierto a nivel regional, en departamentos como Sucre se siente con mayor fuerza.

Sucre tiene en el agro y en la industria agroalimentaria una oportunidad que pocas regiones del país poseen. Una realidad productiva que, bien gestionada, podría transformar ingresos, empleo y desarrollo territorial. Pero para que ese potencial deje de ser promesa, hay que enfrentar de frente las barreras que hoy frenan al sector. Un reciente análisis del BID deja claro que las empresas agroalimentarias de América Latina operan en un entorno donde los costos logísticos son altos, el acceso al crédito es limitado y el conocimiento de las políticas públicas disponibles es bajo. Y si eso es cierto a nivel regional, en departamentos como Sucre se siente con mayor fuerza. La encuesta del BID a 319 empresas agroalimentarias muestra que el 83% financia sus inversiones con recursos propios y que el acceso al crédito es la principal prioridad de política para el sector. Además, solo el 47% conoce los instrumentos de apoyo existentes. Estos datos deberían encender alarmas en un departamento donde la mayoría de los productores son pequeños, donde la banca privada tiene poca presencia y donde la informalidad rural sigue siendo la norma. Sin crédito accesible, ningún productor puede tecnificarse, escalar o cumplir estándares de mercado. La logística es otro cuello de botella. En departamentos como el nuestro mover un producto desde la finca hasta un centro de acopio o un puerto puede duplicar costos y tiempos. Los altos costos logísticos afectan directamente la competitividad y la capacidad de integrarse a mercados más exigentes. Para un departamento con vocación agrícola, pero con infraestructura limitada, esto significa que incluso los productos con calidad no logran llegar a donde deben, cuando deben. Pero no todo es diagnóstico. Hay rutas claras. Primero, fortalecer el crédito rural con instrumentos que entiendan el riesgo climático y la estacionalidad agrícola. Segundo, invertir en infraestructura logística que conecte veredas, corregimientos y municipios con corredores comerciales reales. Tercero, acompañar a los productores en la adopción de tecnología, certificaciones y prácticas sostenibles que abran puertas en mercados nacionales e internacionales. Y cuarto, construir políticas públicas que no se queden en el papel, sino que lleguen a los productores con claridad y simplicidad. Con tierra fértil, tradición agrícola y una industria agroalimentaria emergente, el departamento puede convertirse en un referente del Caribe. Pero para lograrlo, debe derribar las barreras que hoy frenan su crecimiento y apostar por un agro moderno, competitivo y conectado con el mundo.