Cargando indicadores...
Sucre Logo
Imagen del artículo
Opinión

La humildad y el orgullo

Selma Samur de Heenan
Selma Samur de Heenan
Columnista
16 de junio de 2024

La humildad, aunque poco practicada, es clave para la vida según la fe. El texto explora su importancia, contrastándola con el orgullo y citando pasajes bíblicos clave.

Por: Selma Samur de Heenan Mucho se habla de la virtud de la humildad, pero poco se practica. La promesa que hace Dios a quienes la abracen, es la tierra prometida. Pese a ello, seguimos obstinados en gobernar nuestra vida mediante el orgullo, conduciéndonos sin propiciar la intervención divina, auto guiándonos para definir amañadamente lo que nos conviene o no. Pensar que no existe nada ni nadie que pueda influir en nuestra conducta, es arrogante. Como hijos del Padre creador, tenemos inexorablemente sus leyes como premisas, y el hecho de apartarlas como poca cosa, no las hace menos exigibles o contundentes, ni nos libera de las consecuencias por su incumplimiento. En el Evangelio de San Mateo, Jesús nos dice “Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios." Según la palabra de Dios, es predecible lo que les espera a las personas humildes y sencillas. Es increíble el poder que tiene la obediencia a las instrucciones del evangelio, y al cumplirlas, podemos empezar a confirmar con el testimonio, que todo lo que se nos ha requerido tiene como razón de ser, nuestro propio beneficio. Necesitamos de la humildad para reconocer nuestros errores y encontrar cómo enmendarlos. También para pedir perdón sin justificarnos; propiciar una reconciliación; perdonar sin poner condiciones, y ofrecer una nueva oportunidad. El orgullo siempre pone trabas para que la virtud, como su contraría, no prevalezca. Nos aconseja que sigamos con la mirada altiva para defendernos de quienes, con razón, aprecian nuestra falta; que nos mantengamos en el mismo punto sin dar marcha atrás o torcer el brazo para no dar señales de debilidad; nos susurra que somos mejores que los demás, que podemos solos, que nadie es necesario, incluso ni la familia ni Dios. Cuando a Jesucristo le preguntaron cuántas veces teníamos que perdonar, él contestó, sin hacer distinción de personas o causas, que setenta veces siete. Lo que representa que, dándonos un mandato imperativo, nos pide que siempre perdonemos a otros, pero también a nosotros mismos. Seamos humildes, reconozcamos que a cada instante erramos, que no podemos tirar la primera piedra. Aceptemos que, únicamente obedeciendo la ley universal del amor humilde, es como venceremos al soberbio que busca nuestra destrucción, mientras enaltecemos a Jesús que sólo anhela nuestra salvación.