
La fuerza oculta

Vivimos convencidos de que quienes cambian la historia son los grandes líderes, los intelectuales más brillantes o quienes ocupan los cargos más importantes. Sin embargo, Dios suele obrar de otra manera.
Vivimos convencidos de que quienes cambian la historia son los grandes líderes, los intelectuales más brillantes o quienes ocupan los cargos más importantes. Sin embargo, Dios suele obrar de otra manera. Hoy la Iglesia conmemora a Santa Macrina la Joven, una mujer de la que muchos católicos apenas han oído hablar. No fue emperatriz, ni fundadora de una gran orden religiosa. No escribió los tratados que se estudian en los seminarios. Sin embargo, su influencia fue decisiva para la Iglesia de todos los tiempos. Su camino comenzó con el sí silencioso de una mujer que decidió entregarse por completo a Dios. Desde su hogar, con el ejemplo, la oración, la penitencia y una profunda vida espiritual, ayudó a formar a sus hermanos san Basilio Magno, san Gregorio de Nisa y san Pedro de Sebaste, quienes llegarían a ser algunos de los más grandes santos y doctores de la Iglesia. Ellos iluminaron a generaciones con su predicación y sus escritos, pero detrás de esa inmensa obra había una mujer cuya santidad preparó el terreno para que diera fruto. Se piensa que quienes viven en un monasterio de clausura o dedican su existencia a la oración, están desperdiciando su vida. Desde una lógica puramente humana, podría parecer que no producen nada. Santa Macrina demuestra exactamente lo contrario. Dios no mide la fecundidad por la visibilidad, sino por el amor con que cada persona vive la vocación que ha recibido. Lo que permanece oculto a los ojos del mundo suele ser inmenso a los ojos de Dios, porque Él ve el corazón y el bien silencioso que transforma la vida de muchas personas. Muchas de las obras más grandes de la historia nacieron de almas que casi nadie conoció. Hoy ocurre lo mismo. Hay madres que sostienen a sus familias con la oración; religiosos contemplativos que interceden día y noche por el mundo; hombres y mujeres que, desde la fidelidad cotidiana, transforman vidas sin aparecer jamás en los titulares. Mientras el mundo aplaude lo visible, Dios continúa obrando desde el silencio. Quizá nunca sepamos cuántas conversiones, vocaciones o decisiones trascendentales nacieron de la oración y del ejemplo de Santa Macrina. Tampoco conoceremos, en esta vida, el alcance de tantas personas que sostienen a la Iglesia con su fidelidad. Solo en la eternidad comprenderemos que aquello que permanecía escondido era, en realidad, la fuerza oculta.