
La fuerza de cada día

El entrenador propone ajustar el peso al sentir, una lección valiosa para la vida. Aceptar las emociones, sin exigir la misma fuerza diaria, es clave para el bienestar y la salud mental.
Olga Leonor Hernández Bustamante “Escojan el peso para la fuerza con la que sienten que llegaron hoy”, dijo el entrenador. Y caramba si me pareció una afirmación cierta, no solo para el ejercicio, sino para la vida misma. No todos los días tengo la misma fuerza, el mismo ánimo, la misma energía. No todo el tiempo me sale fácil ser paciente, amorosa, comprensiva, “buena”. Algunas veces me siento agotada y con ganas de salir corriendo, me siento irritable, molesta, menos calmada de lo normal. Mi entrenador me hizo pensar que el problema no es lo que siento, sino el hecho de reconocerlo, aceptarlo y atravesarlo sin exigirme tener que ser o hacer las cosas siempre de la misma manera. No siempre puedo con las mancuernas grandotas, a veces solo tengo fuerza para unas más pequeñas y eso está bien. El tema es que me estoy moviendo, con más o menos peso, pero me estoy moviendo. Querer ser siempre de la misma manera es pretender ocupar un lugar estático, sin derecho nunca a sentir algo que vaya en una dirección diferente. Como terapeuta he comprendido que pretender estar siempre “bien” puede ser tramposo porque empezamos a interpretar el malestar como un síntoma a solucionar y no como una alarma de algo de lo que debo darme cuenta y hacerme cargo. ¿Y si no estar bien es una alarma? ¿Y si mi incomodidad o mi poca fuerza no son más que el reflejo de un cansancio acumulado del que no me hecho cargo? ¿Y si mi malestar no es otra cosa que el desgaste de la energía, el agotamiento de las pilas? Una paciente con depresión se mantuvo a flote a punta de fuerza de voluntad y buena actitud durante años, hasta que simplemente las pilas se agotaron y no dio más. ¿Hace cuánto vienes cargando con esto? – Fue mi pregunta – Yo creo que desde siempre… No tengo, como otras personas, un momento del pasado al cual acudir cuando quiero sentirme bien, no recuerdo un momento de mi historia en el que me haya sentido bien conmigo… Aguantó hasta que no pudo más y ahora anda por el mundo intentando sostener sus propios pedazos rotos. Viviendo mientras se cura las heridas. No era cierto que tenía que estar siempre bien, que debía tener una sonrisa siempre en el rostro, que todos los días debía trabajar incansablemente y ser casi que absurdamente productiva, no. No siempre tenía la misma fuerza y si lo hubiera reconocido, se habría podido hacer cargo de su tristeza con un poco más de compasión. No siempre la sensación de plenitud nos acompaña, por eso debemos dejar de patologizar el malestar y empezar a verlo como un aliado, una alarma que nos está indicando que posiblemente no vamos en la dirección correcta y que es necesario, como en Google maps, recalcular la ruta.