
La esperanza

La esperanza es una virtud teologal. Por ella, el cristiano espera de Dios la vida eterna y las gracias necesarias para alcanzarla. No se apoya en previsiones humanas ni en resultados inmediatos, sino en la fidelidad del Señor y en sus promesas, que no defraudan.
La esperanza es una virtud teologal. Por ella, el cristiano espera de Dios la vida eterna y las gracias necesarias para alcanzarla. No se apoya en previsiones humanas ni en resultados inmediatos, sino en la fidelidad del Señor y en sus promesas, que no defraudan. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que esta virtud sostiene al hombre en medio de las pruebas y lo preserva del desaliento. Por eso, la esperanza a la que estamos llamados representa una fuerza interior que nos permite seguir caminando cuando el sendero se vuelve arduo, empinado o estrecho. En esos momentos difíciles, resulta reconfortante que no solo recordemos y creamos, sino que también acojamos la promesa que nos hace Yahvé a través de su profeta Jeremías: “Yo conozco los designios que tengo sobre vosotros, designios de paz y no de aflicción, para daros un porvenir y una esperanza. Me invocaréis, vendréis a rogarme, y yo os escucharé”. La certeza con que asumamos esta palabra nos abre la posibilidad de ver el cumplimiento de maravillosos propósitos para nuestra vida: sanaciones milagrosas, reconciliaciones que parecían imposibles, cambios que requieren tiempo y constancia, aunque no dependan solo de nuestras fuerzas. La esperanza auténtica nos impulsa a revisar la propia vida, a reconocer errores para hacer los ajustes necesarios, sabiendo que hay situaciones que podrán transformarse; otras que requieren paciencia y algunas que solo pueden ofrecerse a Dios confiando en su voluntad y providencia. Vivir con esperanza es negarse a pensar que todo está perdido. Es seguir creyendo que Dios actúa; que su palabra permanece y que toda vida que se pone en sus manos puede ser ordenada, purificada y conducida hacia un bien mayor. Al iniciar un nuevo año resulta oportuno abordar este tema, porque seguramente hemos reflexionado sobre algunos ajustes que nos gustaría hacer. Y tener esperanza en que es posible lograrlos nos da ánimo para avanzar en esos objetivos hasta alcanzarlos. El pesimismo, la negatividad o el desánimo no deben tener cabida en nuestra mente y mucho menos en el corazón, porque cuando les abrimos un espacio nos sabotean las mejores intenciones y, de entrada, perdemos el buen impulso. Con la ayuda de Dios será posible que veamos cumplidas nuestras esperanzas, tengamos fe y sigamos adelante de su mano. “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. Filipenses 4,13