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Opinión

La discriminación: sobrepasa al delito

Samuel Morales Turizo
Samuel Morales Turizo
Columnista
30 de diciembre de 2022

La discriminación, arraigada en prejuicios y odio, socava la cohesión social y perpetúa la desigualdad. Afecta a grupos vulnerables y se manifiesta en diversas formas, incluso en interrogatorios policiales.

Por: Samuel Morales Turizo La discriminación inquieta a los organismos públicos de los países en una democracia participativa, ya que debilita el tejido y la cohesión social. La descremación ataca el corazón mismo de lo que significa ser humano. Discriminar es dañar los derechos de alguien simplemente por ser quien es. La Discriminación es nociva y perpetua la desigualdad. En muchas partes del mundo, las políticas de la culpa y el miedo están en auge. La intolerancia, la envidia, el odio y la Discriminación causan una fractura cada vez mayor en las sociedades. Las autoridades policivas pueden incluso considerar que ciertos grupos tienen más probabilidad de delinquir por el mero hecho de ser quienes son, como los pobres, los indígenas o los negros. La discriminación sistemática y racismo lo genera el estado y sus autoridades. Esta discriminación se manifiesta de distintas maneras, por ejemplo en Colombia: a las personas de raza negra, a los miserables, a los indios, se les realizan interrogatorios frecuentes e innecesarios por la policía uniformada, así mismo le piden una y dos veces documentación. Esto denota una sociedad atrapada en los prejuicios. También es importante visibilizar la discriminación laboral, trato injusto en el trabajo que puede basarse en la raza o por estar embarazada. Sería necesario anexar la lucha contra la discriminación, a la lucha contra desigualdades económicas y sociales. Lo anterior se plasma, en una orientación relativamente general en las ciencias sociales y humanas, consiste en explicar los prejuicios a través de factores negativos.  Los estereotipos sirven de base a los prejuicios y estos últimos tienden a exteriorizarse en comportamientos negativos designados bajo el término de discriminación. El habla no es inocente y las palabras, a veces consientes o inconscientes, están cargadas de dolor y agresión. No podemos volver la espalda a esta realidad que es perpetuar lo real, por ejemplo: gritar o llamar a una persona prieta, indio o pordiosero. La discriminación es peor que un delito porque destruye la parte afectiva. Las personas que patrocinan la discriminación tienen una mente atrasada, parece que estuvieron viviendo el siglo XVI. Hoy en pleno siglo XXI hemos avanzado mucho, esa palabra valiosa que todos aceptamos es la inclusión, acompañada de amor y alegría.