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Opinión

La desigualdad digital: la nueva frontera de la desigualdad económica

Juan Carlos Cobo Gómez
Juan Carlos Cobo Gómez
Columnista
2 de junio de 2026

Colombia está mostrando cifras que hace pocos años parecían imposibles. La inflación bajó de niveles cercanos al 13,3% a alrededor del 5,5%; el desempleo cayó al 8,5%, uno de los niveles más bajos del siglo; y la pobreza multidimensional pasó de 19,1% en 2018 a 9,9% en 2025. Incluso el coeficiente de Gini ha mostrado mejoras graduales, reflejando una moderada reducción de la desigualdad tradicional.

Colombia está mostrando cifras que hace pocos años parecían imposibles. La inflación bajó de niveles cercanos al 13,3% a alrededor del 5,5%; el desempleo cayó al 8,5%, uno de los niveles más bajos del siglo; y la pobreza multidimensional pasó de 19,1% en 2018 a 9,9% en 2025. Incluso el coeficiente de Gini ha mostrado mejoras graduales, reflejando una moderada reducción de la desigualdad tradicional. Son buenas noticias. Pero detrás de esos avances está apareciendo otra desigualdad menos visible y posiblemente más peligrosa: la desigualdad digital. Durante décadas, en Colombia hablamos de pobreza pensando en ingresos, empleo, vivienda o acceso a servicios básicos. Pero el mundo cambió. Hoy también existe una diferencia enorme entre quienes pueden participar de la economía digital y quienes apenas logran conectarse —o ni siquiera eso. Y esa diferencia empieza a sentirse en la vida real. Porque internet dejó de ser un lujo. Hoy define quién puede estudiar mejor, trabajar remotamente, acceder a servicios financieros, vender productos, usar inteligencia artificial o simplemente competir en el mercado laboral. En otras palabras: la conectividad se volvió una forma de capital económico. Thomas Piketty advertía que las desigualdades modernas tienden a reproducirse cuando el capital se concentra. En el siglo XXI, parte de ese capital ya no es tierra ni fábricas: son datos, conectividad, inteligencia artificial y habilidades digitales. Ahí aparece la paradoja colombiana. Mientras la pobreza multidimensional rural cayó, todavía alcanza 22,4% en centros poblados y zonas rurales dispersas, frente a apenas 6,3% en las cabeceras urbanas. Al mismo tiempo, la Encuesta Nacional de Calidad de Vida (ECV) 2025 del DANE mostró un aumento importante en el acceso a internet rural, pasando de 41,9% en 2024 a 56,9% en 2025. El avance es enorme. Pero no suficiente. Porque una cosa es tener señal y otra muy distinta tener conectividad útil. Muchas familias rurales siguen enfrentando conexiones lentas, intermitentes, costosas y con pocos dispositivos. Es decir, la cobertura crece más rápido que las oportunidades reales. Y esto tiene consecuencias económicas profundas. Joseph Stiglitz ha insistido en que la desigualdad no solo es injusta, sino ineficiente. Una economía desigual desperdicia talento y limita crecimiento. Eso mismo empieza a pasar con la brecha digital: millones de personas podrían quedar rezagadas justo cuando la economía mundial empieza a reorganizarse alrededor de inteligencia artificial, automatización y datos. La gran pregunta es quién va a capturar el valor de esa transformación. Porque los sectores más productivos del futuro serán precisamente los más intensivos en capacidades digitales. Quien no tenga conectividad significativa, habilidades digitales o acceso tecnológico corre el riesgo de quedarse por fuera de la nueva economía. Y ahí aparece uno de los grandes vacíos del debate presidencial actual. Colombia discute empleo, seguridad, subsidios y crecimiento económico. Pero todavía hablamos poco de la desigualdad que probablemente marcará la próxima década: la desigualdad digital. El próximo gobierno no solo enfrentará desafíos fiscales y sociales tradicionales. También tendrá que decidir cómo evitar que la economía digital termine ampliando las brechas históricas del país. Mariana Mazzucato lo resume bien: el desafío moderno del Estado no es solo corregir fallas del mercado, sino orientar estratégicamente la innovación hacia objetivos colectivos. Ahí está el verdadero debate. Porque cerrar la brecha digital ya no significa solamente conectar territorios. Significa decidir quién tendrá oportunidades en la economía del futuro y quién se quedará atrás.