
La búsqueda

La búsqueda espiritual del hombre ha evolucionado. El cristianismo, con su promesa de compañía divina, ofrece esperanza ante la incertidumbre. Exploraremos las manifestaciones de Dios y las virtudes teologales.
Por: Selma Samur de Heenan. El hombre siempre ha tenido una fuerte inclinación hacia lo espiritual, místico y sobre natural. Su búsqueda de Dios ha pasado y sigue pasando por muchísimas etapas y matices. Las comunidades primitivas tenían deidades a las que rendían culto acogiéndose a sus aparentes designios que incluso llegaban a satisfacerse solo con sacrificios humanos. Bien se trate de sociedades indígenas, egipcias, romanas o paganas, sin excepción han practicado algún tipo de religiosidad anteponiendo a ella, su vida y destino. Esto nos indica que la humanidad se aferra siempre a lo que considera divino o espiritual porque, aunque no lo percibe físicamente, sino con sus sentidos, conoce la precariedad de su materia y las limitadas capacidades mortales para dar respuesta a tantos interrogantes y las soluciones a conflictos que parece no tener ninguna. Los que hemos encontrado el camino, la verdad y la vida, nos identificamos como cristianos y aceptamos no solo ese nombre que fue dado en Antioquía de Siria a los discípulos de Jesús, sino también su voluntad impresa en las enseñanzas, mandamientos y preceptos que están inequívocamente expresados en su Palabra. Al contrario de esos dioses que han sido el centro de la espiritualidad en las culturas mencionadas, nuestro Dios vivo y eterno, nos muestra su Presencia de variadas y contundentes formas, para que tengamos la certeza de su permanente compañía durante todo nuestro recorrido terrenal, tal como lo prometió Jesús al encomendarnos la principal misión que tenemos por ser seguidores suyos: "Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.» Mateo 28, 18-20 En las próximas columnas voy a tratar sobre diferentes formas con las que Dios nos comprueba que es real, que cada uno de sus siete atributos son ciertos, porque ÉL es santo, omnisciente, omnipotente, omnipresente, amor, eterno e inmutable, y que, además, gobierna aún en medio de este caos y confusión en que vivimos, donde la desesperanza en ocasiones gana terreno y sentimos que estamos sujetos a los vaivenes a que nos somete el mal y los representantes ejecutores de tanta abominación. El vivir poniendo nuestra existencia en manos de Dios no es fácil porque implica amarle y obedecerle a toda costa, sin importar qué tan fuerte nos llame el mundo con sus habituales consejeros. Pero vivir a espaldas de Dios es demasiado difícil porque se carece de su gracia y fortaleza, hay demasiadas preguntas sin respuestas y un vacío que no se logra llenar con nada por más que se hagan muchos ensayos. Por todo lo anterior, es que estaremos tratando sobre algunas de las manifestaciones de Dios a sus hijos, con las que podemos cimentar en nuestro interior, las tres virtudes teologales: Fe, esperanza y amor, todas ellas para alcanzar la meta: El Cielo.