
La bandera de la irresponsabilidad. Quintero no representa a Colombia

Daniel Quintero, exalcalde de Medellín y actual precandidato presidencial, decidió la semana pasada protagonizar uno de los episodios más imprudentes y políticamente peligrosos de los últimos años...
Por Silverio José Herrera Caraballo Daniel Quintero, exalcalde de Medellín y actual precandidato presidencial, decidió la semana pasada protagonizar uno de los episodios más imprudentes y políticamente peligrosos de los últimos años: viajar a la isla Santa Rosa, en la frontera con Perú, izar la bandera de Colombia y, de paso, grabar un video con un discurso inflamado, asegurando que no permitirá que “nos quiten el Amazonas” y que “Santa Rosa es Colombia”. Lo hizo, además, con el típico tono mesiánico de quien cree estar llamado a encender una cruzada patriótica… cuando en realidad no es más que un acto de politiquería barata, pensado para las redes sociales y no para los intereses de la nación. La acción de Quintero no solo es irresponsable: es también arbitraria. El político antioqueño no representa la voluntad del pueblo colombiano para iniciar un conflicto diplomático (y mucho menos militar) con un país hermano como Perú. Nadie le ha dado el mandato de actuar como canciller improvisado ni de hacer desplantes en territorios cuya soberanía está en disputa, en un contexto donde la prudencia diplomática es clave para evitar que una controversia geográfica escale a una crisis binacional. Pero el exalcalde no parece entender que las fronteras no se defienden con actos teatrales ni con videos virales, sino con la solidez de los tratados, la firmeza de la diplomacia y, llegado el caso, la fuerza legítima de un Estado coordinado, no con la aventura solitaria de un candidato desesperado por figurar. La política exterior no se juega como un partido de barrio, donde el que grita más fuerte se cree ganador. Y menos aún cuando lo que está en juego es la paz y la cooperación en una región históricamente tranquila. En sus declaraciones, Quintero llegó a insinuar que Colombia debería estar dispuesta a “defender” militarmente el Amazonas ante Perú. Este discurso belicista, disfrazado de patriotismo, es una irresponsabilidad monumental que podría tensar aún más una relación diplomática ya delicada. Nadie sensato quiere ver a Colombia involucrada en una guerra absurda con un vecino por cuenta de un acto populista en plena campaña electoral. Si algo nos ha enseñado la historia latinoamericana es que los tambores de guerra suelen sonar más fuerte en la boca de los políticos que necesitan un enemigo externo para ocultar su propia falta de propuestas reales. Y mientras Quintero jugaba al héroe en Santa Rosa, el gobierno de Gustavo Petro guardó un silencio cómplice. La Cancillería, que debería ser la voz serena y oficial de Colombia ante el mundo, no condenó con contundencia el acto ni dejó claro que Quintero no habla en nombre del país. Ese silencio es alarmante, porque deja la puerta abierta a que otros aventureros políticos se sientan con licencia para hacer diplomacia de micrófono y bandera. Más preocupante aún es preguntarse por qué Quintero se atreve con Perú, pero jamás ha hecho un desplante similar contra Venezuela. ¿Por qué no lo vimos viajar a la frontera de Arauca o del Catatumbo para reclamarle a Nicolás Maduro por sus injerencias, sus tropas y sus alianzas con grupos ilegales que operan en territorio colombiano? La respuesta es tan obvia como incómoda: porque Quintero hace parte del mismo engranaje político que hoy gobierna, un pacto que algunos han calificado, con toda razón, como un “pacto diabólico” entre el petrismo y sus aliados, donde Venezuela no se toca, sin importar las provocaciones. Luego, el show ante la asamblea de la ANDI fue más grotesco y bochornoso, ya que, si quería aplausos, lo que recibió fue rechazo absoluto. Pero a este personaje no se le puede dar más importancia.