
La alta, la media y los desechables

La sociedad clasifica a las personas según su poder económico, creando estratos sociales que contradicen la igualdad bíblica. ¿Es hora de reflexionar y cambiar esta dinámica?
Por Édgar Arrieta González La Biblia nos comenta que fuimos creados por Dios a su imagen y semejanza y que todos como seres humanos tenemos los mismos deberes y derechos, es decir, todos somos iguales. En nuestra sociedad tal parece, nos hemos discriminados socialmente de manera tal que hoy nos encontramos aislados unos de otros según nuestro potencial económico. Es por ello que en nuestra sociedad existen los tales “estratos sociales” 1,2,3… o la clase alta, media y baja de manera degradante. Respecto a los estratos iniciales aparentemente los “beneficios” se reflejan en el pago de servicios públicos, salud, educación, pago de impuestos y otros. ¿No sería mejor llamarlos estratos comerciales? Y la denominación más ofensiva, discriminatoria y de menosprecio: la clase alta, media y baja, ubicándonos como seres humanos con desigualdades espirituales y sociales. A la clase alta pertenecen los potentados, son los intocables, la élite, superiores en todos los aspectos a los demás, la clase media esta como su asignación lo indica, en una balanza, con el agravante de que si por "x" o "y" motivo se arruinan caen a la clase baja o si tienen la suerte de ganarse una lotería, desbancar el erario o adquieren dinero de no se sabe de dónde, ascienden a la clase alta y son recibidos con bombos y platillos y la clase baja a la que pertenece la escoria, los desechables, los que no tienen qué comer ni vestirse, no tienen trabajo, salud y educación y sus vidas dependen de los demás. Es vergonzoso y da lástima escuchar a muchos representantes de las diferentes tendencias religiosas que dicen predicar los postulados de Cristo utilizar estos términos, como también de jefes políticos, gobernantes, parlamentarios y sociedad en general. ¿No sería mejor tratarnos como lo establece la Biblia y poner en practica las olvidadas enseñanzas de Cristo? La realidad es que en estos momentos es difícil, pues, la vanidad, prepotencia y despotismo de muchos, que cuando tienen un billete de 50 mil en el bolsillo, miran a sus semejantes por encima de sus hombros, cuando muchas veces ese billete no viene de nada bueno. En conclusión: tal parece que nuestra satisfacción egocéntrica es ubicarnos y menospreciar a los demás, según nuestro poder económico. Si creemos en Cristo no seamos hipócritas y pongamos en práctica sus postulados. ¡Recapacitemos!