
Juancho Perna y el 20 de Enero

La grandeza de la fiesta más antigua de Colombia como la de Sincelejo nos saca a relucir de la canasta de los pensamientos a cada instante personajes que hicieron grande nuestro incomparable festival veintenerino.
Por Aníbal Paternina Padilla La grandeza de la fiesta más antigua de Colombia como la de Sincelejo nos saca a relucir de la canasta de los pensamientos a cada instante personajes que hicieron grande nuestro incomparable festival veintenerino. Qué grata evocación de Juancho Perna Maceo y su encierro de Tolemaida el 19 de enero por más de 40 años. La fiesta está en todo su esplendor. Y como engreído monarca de aves de corral en la enramada en la torre de la vieja iglesia de San Francisco el reloj canta cinco campanadas. Las recámaras de Cabío y Adolfo Muñoz lanzan su grito detonante que es un cordial mensaje de invitación. En epifánicas aleluya las campanas de la otra torre de la iglesia repican sin cesar Al desgrane de porros y fandangos las palmeras anhelantes de danzar mecen su cabellera esmeraldina en la imposibilidad de moverse los pies. Se descorre lentamente el velo inconsútil de la montaña perfumada y fresca. La tierra del Dulce Nombre de Jesús está bien florecida. Del cuprífero instrumento se escapa un alegre fandango que acompasa jactancioso el bombo en las calles sincelejanas por donde la banda pasa. El entusiasmo como insecto eufórico penetra por las puertas abiertas e inocula su ponzoña de alegría que febril se propaga contagiosa. El sol que baña de oro matinal las ubérrimas sabanas le da un beso a Sierra Flor y asciende al parque crece, festivo regocijo en el corazón de moradores y visitantes. En la plaza de toros hay olor a ropa nueva, crujir de abarcas en estreno y el sombrero vueltiao luce vanidoso, picaresco y señorial. En los andenes guirnaldas de huevos de iguana, montañas de múcuras, tinajas y artefactos de barro cocido. En las garitas, cristalinos licores que pugnan por escapar de sus cárceles de vidrio; azafates que ofrecen chicha y frescola. Entrada al redondel de astados y corceles; un porro de Armando Contreras se desmaya en el instante. Esta noche enerinase esfuma con la palidez de la aurora, languidece la cumbia en la rueda del fandango; otro porro se desmaya y los trasnochados lo cantan: ¡Pola Becté, Pola Becté, la fama te la quité!.