
Inseguridad, corrupción y muerte: el legado de Aureliano

Colombia atraviesa uno de los capítulos más oscuros de su historia reciente. La inseguridad provocada por el narcoterrorismo,
Por Silverio José Herrera Caraballo Colombia atraviesa uno de los capítulos más oscuros de su historia reciente. La inseguridad provocada por el narcoterrorismo, la corrupción desbordada que parece superar los escándalos de las últimas dos décadas, los asesinatos selectivos, los ataques terroristas y los pésimos servicios en salud se han convertido en el sello indeleble del actual gobierno. Ese es el legado que el presidente del supuesto “cambio” le está dejando al país: un legado que más parece una condena. Hoy, Colombia está inundada de coca como nunca antes. Los grupos armados, lejos de reducirse, se han atomizado y expandido con más poder, aprovechando la política errática de una “paz total” que solo existe en los discursos presidenciales. Las relaciones internacionales atraviesan tensiones innecesarias, fruto de la arrogancia y la improvisación diplomática, mientras la economía nacional se arrastra entre impuestos desmedidos, inflación creciente y la desconfianza de inversionistas que ya no ven al país como tierra fértil, sino como un terreno minado de riesgos. La juventud, que creyó en promesas de universidad gratuita, empleo digno y oportunidades, ha recibido como respuesta una cruel decepción. El futuro se les ha convertido en una larga lista de frustraciones. Y lo más preocupante es que, a pesar de ello, todavía existe un grupo de fanáticos que aplaude al mandatario, justificando cada error, cada mentira, cada improvisación. Ellos merecen al presidente que tienen; el resto del país no. A escasos once meses del fin constitucional de este mandato, tenemos a un gobernante atrapado entre su ingenuidad y su terquedad. Pasó de los discursos grandilocuentes de campaña a intervenciones caricaturescas, cuando no desfasadas, que dejan en evidencia a un presidente que habla más de lo que hace y que actúa más para la galería que para resolver los problemas de fondo. Colombia, hoy por hoy, se encuentra en un punto de inflexión negativo donde quieren convencernos de que lo malo es bueno y lo bueno es malo, en un ejercicio perverso de manipulación de la realidad. El ciudadano de a pie, ese que madruga a trabajar, que paga impuestos, que se gana el pan honradamente, merece detenerse a reflexionar. ¿Qué le ha dejado este gobierno a la nación? La respuesta no necesita grandes análisis: inseguridad, corrupción y muerte. Y lo más doloroso es que el tiempo perdido no se recupera. Cada decisión errática, cada concesión a los violentos, cada reforma improvisada, ha marcado a la nación con un retroceso evidente. Es hora de pensar en el futuro de nuestros hijos y nietos. No podemos permitir que el engaño se repita. Hoy, cuando el país se encuentra más dividido que nunca, se impone la tarea de la memoria: recordar lo que este gobierno prometió y lo que realmente hizo, recordar el contraste entre la esperanza de cambio y la cruda realidad de un desgobierno. Colombia debe recuperar el rumbo. No a través de caudillos mesiánicos ni de discursos incendiarios, sino de líderes con visión, con capacidad, con amor genuino por la nación. Debemos dejar de elegir al que más grita o al que más odios despierta, y empezar a elegir al que más soluciones propone y más resultados demuestra. El tiempo de la ingenuidad debe terminar. Este gobierno nos ha mostrado, con creces, lo que no debe volver a repetirse. Si de algo sirve esta amarga experiencia, es para despertar la conciencia ciudadana y prepararnos para elegir mejor. El futuro de Colombia no puede seguir hipotecado a los caprichos de un mandatario improvisado. Recuperemos el país. Por nosotros, por nuestros hijos, y por las generaciones que vienen detrás.