
Inequitativa, pero triunfante

Nunca habíamos visto en nuestro país, a un presidente de la República fungir como jefe de debate del candidato presidencial de su gobierno y de su partido, en forma tan descarada, pública, prepotente y desafiante como ocurrió en las pasadas eleccione
No hay que hacer ningún esfuerzo físico ni mental ni de ninguna clase para llegar a la conclusión cierta e incontrovertible, de que esta fue la campaña política más desigual e inequitativa de la historial electoral de Colombia. Nunca habíamos visto en nuestro país, a un presidente de la República fungir como jefe de debate del candidato presidencial de su gobierno y de su partido, en forma tan descarada, pública, prepotente y desafiante como ocurrió en las pasadas elecciones, tanto en primera como en segunda vuelta. Su decisión y propósito, ni de lejos disimulados por el presidente Petro, de poner al servicio del candidato Cepeda todo el andamiaje burocrático y una maquinaria meticulosamente aceitada, fue la impronta por la que se caracterizó la pasada campaña. Ni un céntimo de los recursos del Gobierno le fue negado al candidato del continuismo durante el decurso de su trajinar en busca de votos para su causa. Desde los ministros para abajo todos los funcionarios del régimen petrista tenían la orden del Jefe de Estado de no escatimar esfuerzo alguno para poner al servicio de la causa cepedista todo su poder burocrático y económico. Cualquier jefe de entidad dependiente del Ejecutivo, debía rendirle cuentas a Petro sobre su actuar en beneficio del candidato del Pacto Histórico y sus aliados. Los gobernadores y alcaldes que no se pusieran al servicio de la candidatura de Cepeda eran “fichados” con el objeto de negarles recursos y proyectos para sus comunidades. De manera que tenían que agachar la cabeza y doblar rodillas ante las exigencias del emperador con ínfulas dictatoriales. A esto se agrega el denominado “voto fusil”, es decir, el de quienes fueron obligados a sufragar por el ungido del gobierno, so pena de no perder la vida. De otro lado, estuvo la otra candidatura presidencial, sin burocracia, sin clientelas, sin maquinarias políticas y sin apoyos partidistas, pues así lo quiso Abelardo de la Espriella para no adquirir compromisos discordantes con su programa de gobierno y, sobre todo, porque no quiso aceptar apoyos non sanctos. Fue entonces una campaña desigual, donde un candidato presidencial tuvo a su disposición toda clase de recursos para su campaña mientras que el otro solo contó con las fuerzas de sus ideas y el propósito y talante indomeñables de buscar lo mejor para la Patria. Eso triunfo, gracias a Dios.