
Humanidad y servicio

La solidaridad y el servicio a otros se cultivan desde la infancia, pero la tecnología y el individualismo amenazan estos valores. Priorizar el "yo" sobre el "nosotros" es un peligro.
Por Olga Lucía Bustamante El tema de servir a otros, de actuar pensando en los demás, de ofrecer, asistir, ayudar o apoyar sin motivo aparente, muchos lo miran con recelo y de reojo. La formación que se imparte en la actualidad está basada en el estímulo de la relación intrapersonal, cómo prioridad, para luego saber manejar una buena relación interpersonal. Y no es una premisa falsa. Solo que lo que no se cultiva desde las primeras etapas de la vida, difícilmente podrá echar raíces después, cuando los gustos y necesidades particulares, ocupan el 100% del interés. En la convivencia, el Yo antecede al Tú, cuidando el Nosotros. Es en el ambiente del hogar donde se percibe y se hace visible, por primera vez, la solidaridad entre sus miembros. Se aprende a compartir sin egoísmo. Es cuando la compasión se hace manifiesta. La sensibilidad hace vibrar los sentimientos ante situaciones que producen desagrado y prevención. El perdón y el respeto se fortalecen en la niñez con expresiones de afecto simples, en el día a día. La camaradería familiar es el caldo de cultivo donde se robustecen los mejores y más profundos sentimientos. La intromisión en el hogar de la comunicación exprés no debe borrar de tajo los encuentros fraternos, las expresiones de cariño, el acompañamiento sincero, los abrazos y la ternura afectiva. Asusta ver, un niño o joven, despertar con el celular o tablet, en la mano. Sin abrir los ojos, su primer pensamiento es jugar, chatear, leer. Sin horarios, sin dosis, sin filtros. Con desayuno, almuerzo y cena frente a aparatos. Inician y cierran el día metido en la burbuja del YO, sin experimentar que están vivos, sin amar, sin compartir, sin servir ni interesarse por otros, ni por nada. El primer pensamiento antes de levantarse debe ser el sentimiento de gratitud ante el Creador, por la vida, y la complacencia consigo mismo. Un ratico fraterno, compartiendo un tinto, o el desayuno. Esta actitud debe ser un hábito todos los días, sin excepción. La tecnología debe entrar y salir de escena, después de hacer conciencia de uno mismo, de las personas que amamos, del entorno inmediato, de las responsabilidades, es decir, el calor humano siempre debe estar activado. Después de ese pequeño ritual afectivo, disponga su vida a voluntad. Las emociones están atadas a los sentimientos. Vivir anestesiados, insensibiliza. Desconectarse de la realidad, es estar muertos en vida.