
Huellas eternas

Toda decisión importante que asumimos deja huellas. Unas se advierten de inmediato; otras solo revelan su verdadera dimensión con el paso de los años. Hay marcas que parecen pequeñas en el momento en que se producen, pero terminan influyendo en familias, generaciones e incluso en el rumbo de una Nación. Y algunas, aunque muchos prefieran ignorarlo, se reflejan en la eternidad.
“Escoged hoy a quién servir.” Josué 24,15 Toda decisión importante que asumimos deja huellas. Unas se advierten de inmediato; otras solo revelan su verdadera dimensión con el paso de los años. Hay marcas que parecen pequeñas en el momento en que se producen, pero terminan influyendo en familias, generaciones e incluso en el rumbo de una Nación. Y algunas, aunque muchos prefieran ignorarlo, se reflejan en la eternidad. Esto también ocurre con los pueblos. Las naciones no llegan por casualidad a la prosperidad o a la pobreza, a la libertad o a la opresión. Detrás de la situación de cada país hay aciertos y desaciertos, principios, prioridades y orientaciones políticas o ideológicas que una sociedad decidió seguir, respaldar o tolerar. Por eso, al entrar al cubículo de votación, cada colombiano debería preguntarse qué huellas desea dejar para la posteridad, tal como debieron haberlo pensado en Nicaragua y El Salvador, dos países centroamericanos que comparten raíces culturales semejantes y que, aunque partieron de condiciones parecidas, hoy representan realidades muy distintas. Mientras Nicaragua atraviesa profundas dificultades económicas, restricciones a las libertades fundamentales y una preocupante persecución contra sectores de la Iglesia, El Salvador ha logrado avances significativos en seguridad, confianza ciudadana, inversión y expectativas de progreso. Este contraste no apareció de la noche a la mañana. Es el resultado de opciones reiteradas, de ideas convertidas en políticas públicas y del camino que sus ciudadanos tomaron. Las consecuencias de lo que hoy hagamos las vivirán principalmente quienes permanecen en nuestra patria, educan a sus hijos y trabajan por un futuro mejor. Por eso, no sorprende que el Magisterio de la Iglesia Católica haya advertido, repetidamente, sobre los peligros de las ideologías que pretenden excluir a Dios de la vida pública. En la encíclica Divini Redemptoris, el papa Pío XI condenó expresamente el comunismo ateo y alertó sobre el engaño al que estas doctrinas conducen. Nadie escapa a aquello que aprueba, apoya o permite. Hay repercusiones que alcanzan a una generación. Otras marcan el devenir histórico de una civilización. Y para quienes creemos en Dios, existen aquellas que trascienden esta vida y se reflejan incluso en la eternidad, según la magnitud del bien o del daño causado. “Todo lo que el hombre sembrare, eso también cosechará.” Gálatas 6,7