
Homenaje a Colosó

Colosó, municipio de Sucre, Colombia, esconde una historia de belleza natural y violencia. En su nuevo libro, Raymond Gomes-Cásseres explora este contraste, centrado en Ricaurte, un pueblo marcado por la guerra.
Por Raymond Gomes-Cásseres Colosó es uno de los 26 municipios del Departamento de Sucre. Es conocido por la belleza de sus arroyos, saltos y pozas y por ser en el ayer emporio tabacalero que atrajo a prestigiosas familias de Sincelejo y de la región. Por su ubicación en los Montes de María, montañas pertenecientes a la Serranía de San Jerónimo, fue asiento, durante varias décadas, de grupos guerrilleros que impusieron la violencia en su cabecera municipal. En mi próximo libro titulado “¿Amor o Sexo? le rindo un homenaje al escogerlo como uno de los escenarios donde se desarrolla la novela. “Ricaurte, la población de dónde provenía Anaïs López Villalba, había sido levantada inicialmente por los indígenas Zenués, sobre los cerros más altos de los Montes de María en la región, pero en la conquista los españoles la reubicaron un poco más abajo, en unas terrazas de distintos niveles, en donde obligaron a sus pobladores a reconstruir sus casas con los diseños característicos de los ibéricos, grandes ventanales y balcones llamativos. La mayoría de estas casas están formadas por unas estructuras elaboradas completamente en madera y tienen un pequeño segundo piso en donde sobresale el balcón, elaborado también con acabados de madera. Desde entonces el poblado definió su vocación turística pues parece un pesebre sacado de un cuento de hadas. Como si la belleza de estas casas de madera no fuera suficiente, la naturaleza la adornó con varios arroyos que al descender de las vecinas montañas forman hermosas cascadas de aguas cristalinas, llamadas saltos por los nativos, y una serie de pozas cuyas aguas se deslizan lentamente al paso por las goteras de la población. Por su vocación turística y por estar rodeada de montañas y suelos fértiles que le dieron una actividad agrícola próspera, la guerrilla se estableció en sus alrededores. Y por ésta aparecieron los paramilitares. Ricaurte se convirtió en un escenario de guerra. Un silencio sepulcral y una obscuridad total imperaba a partir de las seis de la tarde pues la guerrilla había “decretado” que se apagaran a partir de esa hora todas las luces de las casas, lo que la sabiduría popular bautizó como la “ley de los mechones”. El temor- sobre todo en las noches – se transformaba en pánico y poco a poco al compás de los continuos estruendos de los disparos y ráfagas de fusil, los pobladores fueron perdiendo la capacidad de escuchar los sonidos de las montañas vecinas. Parecían haberse silenciado los gritos de los monos aulladores, el golpe incesante del agua de las cascadas, el run run de la brisa contra los árboles, el tototú del carpintero, el llanto de los caracolíes, la risa de los arizales. Cada día aparecía un muerto. Y empezó el éxodo. De 10.000 habitantes que tenía pasó a 5.000. Consecuencia de la masacre perpetrada en un mes de enero. “Esa noche de la masacre – le dijo con voz entrecortada Anaïs a Ramón departiendo en un Estadero- una luna grande y redonda trataba de ocultarse detrás de los cerros tutelares de Ricaurte como si presintiera lo que iba a suceder. Yo nunca imaginé que en una noche tan bella iba a presenciar actos que desdicen de nuestra condición de seres humanos”.